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Este año, Rosh Hashaná no podía llegar en un mejor momento. Con la comunidad judía norteamericana dividida entre el apoyo y el rechazo al acuerdo con Irán, la creciente brecha entre partidarios y opositores a las políticas del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y las recurrentes disputas sobre las leyes de conversión entre judíos ortodoxos israelíes y la postura progresista de la mayoría de los judíos estadounidenses, parece que el nuevo año –con su tradicional componente de introspección– no puede ser más oportuno.

El revés adicional de la inminente ruptura entre la administración Obama y amplios sectores de judíos estadounidenses de todas las corrientes –a los cuales incluso se les ha tildado de “belicistas”– añade más urgencia a la necesidad de entender en qué posición nos encontramos, cómo hemos llegado hasta aquí y cómo avanzar de ahora en adelante.

El término Rosh Hashaná proviene de las palabras hebreas Rosh Hashinuy: el comienzo del cambio. Las festividades judías no son solamente comidas y reuniones familiares; además de eso, poseen un profundo significado. Rosh Hashaná no es tan solo el comienzo del calendario hebreo, sino que es un símbolo de renovación. Marca el momento en el que empezar a examinarse para determinar en qué queremos mejorar.

 

Saboreamos la cabeza de un pez para expresar que queremos ser la cabeza y no la cola, es decir, que queremos decidir nuestro camino y no seguir ciegamente a la manada. Comemos semillas de granada, y cada una de ellas representa un deseo descubierto en nuestro interior que queremos aprender a utilizar no egoístamente, sino en beneficio de los demás. Comemos una manzana, el símbolo del pecado (de egocentrismo), y la endulzamos con miel; y esto simboliza que aprendemos a usar incluso esa tentación tan básica de manera altruista.

El pueblo de Israel acuñó el principio de “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, y lo puso en práctica en mayor o menor medida hasta la destrucción del Segundo Templo. Todas nuestras festividades representan logros a lo largo del recorrido por nuestra evolución, desde la inclinación al mal (el egoísmo) hasta llegar al altruismo: cuando amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Está escrito en la Mishná y la Guemará (y en un sinfín de textos) que el odio injustificado fue la única causa de la destrucción del Segundo Templo. Es decir, cuando el egoísmo se apodera de nosotros, caemos. Únicamente cuando prometimos ser “como un solo hombre con un solo corazón” pudimos constituirnos como nación. En el momento en que rompimos esa promesa, fuimos exiliados y dispersados.

Igual de importante que ese compromiso de ser uno fue la promesa que recibimos: ser luz para las naciones. Pero si no hay unión entre nosotros, ¿qué clase la luz es la que emitimos? Cuando estamos unidos y proyectamos esa unidad, nos convertimos en una luz para las naciones; y no se nos puede tildar de “belicistas”, porque irradiamos unidad.

El mayor problema hoy es la desconfianza global que vemos a todos los niveles. Una tras otra, nuestras ilusiones se hacen añicos. No podemos confiar en el gobierno, como demostró el exempleado de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), Edward Snowden. Los cónyuges, actualmente, tampoco pueden confiar entre ellos, y el fiasco de Ashley Madison sirvió para desenmascarar una realidad bien conocida. ¿En quién podemos confiar entonces? Les ahorraré los desalentadores ejemplos que responden a esa pregunta retórica. Lo que está claro es que, cada vez más, nos estamos alejando unos de otros: justo lo contrario de esa unidad y ese amor fraternal que son tan vitales para la supervivencia en un mundo donde todos dependemos de todos.

Cuanto más permanezcamos en esta tendencia actual, mayor será la presión sobre los judíos. En el fondo, el mundo recuerda que antaño los judíos conocían el secreto de la correcta conexión entre humanos. Y cuando esa reminiscencia aflora, se traduce en acusaciones de que somos manipuladores, belicistas y otra serie de “elogios” que ya forman parte de la jerga antijudía.

También nosotros estamos desconectados, pero somos los únicos que podemos y debemos reavivar nuestra unidad. Con razón el Jerusalem Post escribió en un editorial: “El acuerdo con Irán es solo un asunto que, por muy importante que sea para todos, no justifica que se ponga en peligro la unidad judía”. Podemos seguir estando muy lejos de la unidad, pero aquí, al menos, se reconoce lo indispensable que es este valor injustamente derogado.

Por lo tanto, este Rosh Hashaná es una gran oportunidad para convertirlo realmente en Rosh Hashinuy, y comenzar a cambiar la forma en que nos relacionamos unos con otros. Las reuniones con familiares y amigos deben ser una ocasión para elevarse por encima de nuestras diferencias y descubrir una meta compartida: la unidad. Si lo ponemos en práctica, los problemas anteriormente mencionados desaparecerán, porque, si nos fijamos en ellos, veremos que todos tienen un mismo origen: los egos desmesurados.

Este año, esparzamos un poco de miel sobre nuestros egos desmesurados, representados por la manzana (en hebreo Tapúaj, de la palabra Tafúaj [hinchada]), y endulcémoslos con unidad. Es lo único que necesitamos. Es lo único que la humanidad necesita. Es la clave para nuestra felicidad duradera.

 

 

Profesor de ontología, Doctor en filosofía y cabalá y Licenciado en biocibernética médica. Fundador y presidente del instituto ARI. Imparte diariamente lecciones de Cabalá a una audiencia aproximada de 2 millones de personas de todo el mundo, con traducción simultánea a distintos idiomas, entre ellos: inglés, alemán, italiano, ruso, francés, turco y castellano. Al día de hoy se han publicado más de 40 libros, traducidos a 35 idiomas. Entre sus obras se encuentran: “Como un manojo de cañas”, “La guía para el nuevo mundo” y “La psicología de la sociedad integral” entre muchos más.

 

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