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¿Cómo llamar a un palestino enloquecido –que hasta la fecha había estado trabajando junto a judíos israelíes en una compañía de telefonía israelí– atropellando deliberadamente con su coche a los peatones en una parada de bus, saliendo acto seguido de su coche y (atención: imágenes gráficas que pueden herir la sensibilidad) apuñalando frenéticamente a estas mismas personas? ¿Cómo llamar a dos niños palestinos, de 13 y 15 años, apuñalando judíos, uno de los cuales es de su misma edad (13), solo porque son judíos? ¿Son responsables de sus acciones? ¿Qué hace falta para que unos niños se conviertan en asesinos a sangre fría? ¿Cómo describir una situación en la que esta locura se repite varias veces al día por todo Israel? Y por último, ¿qué pensar de los medios mundiales que, enteramente al tanto de la situación, ignoran esta situación casi por completo o, en el mejor de los casos, presentan a los terroristas como inocentes ciudadanos palestinos asesinados sin razón por las fuerzas de Israel? ¿Es comparable a la reacción de los medios cuando la organización Prize Tag cometió un ataque terrorista contra una familia palestina?

Como israelí, es difícil hablar sobre responsabilidad cuando las emociones de terror y venganza invaden todos los resquicios de cordura que aún quedan en nuestras mentes. Pero es precisamente la gran preocupación que siento por nuestra gente lo que me hace ir por encima del dolor y describir cuál es la única salida que veo. Como judío que perdió prácticamente a toda su familia en el Holocausto y que ha vivido en un Israel con guerras y ataques terroristas, me siento obligado a dejar clara mi posición e impedir que el instinto de venganza se apodere de mí.

La guerra que libramos con el mundo árabe no es por un territorio: es por una labor espiritual y universal que nosotros, los judíos, debemos llevar a cabo. Antes de la creación del Estado de Israel, dos grandes líderes, cuya sabiduría cobra ahora más relevancia que nunca, predijeron esta batalla y ofrecieron la solución. Y sabían que, si no la ponemos en práctica, tendríamos serios problemas.

En una de sus cartas, el Rav Kook escribió: “Toda crisis mundial proviene originalmente de Israel. Estamos llamados a un deber, grande y sagrado, y hemos de cumplirlo por voluntad propia y con plena consciencia: construirnos a nosotros mismos y a toda la derruida humanidad junto con nosotros”.

En su libro Ain Ayah, Rav Kook ahondó sobre nuestro deber: “Cuando Israel se levante (…) para dar al mundo entero una nueva forma corregida [de amor fraternal], no solo se levantará Israel, sino el mundo entero. (…) En ese momento comenzará una nueva era, sin la inmundicia del mal. La maldad y la insurrección habrán desaparecido por completo, la ira y la tristeza no reinarán, y la preocupación por el equilibrio del mundo será algo insólito. En ese momento la violencia desaparecerá, la espada perderá protagonismo y será condenada sin reservas”.

Hubo otro gran hombre, coetáneo de Rav Kook, al cual le preocupaba el destino de la nación. Gran parte del tiempo lo dedicó a trabajar en su comentario sobre El Libro del Zóhar, considerado hoy como el comentario más elaborado y preciso jamás escrito en papel. Sin embargo, el Rav Yehuda Ashlag, conocido como Baal HaSulam por su comentario Sulam (escalera), también escribió ampliamente sobre el destino del pueblo judío y sobre cómo podemos construir un país próspero y sostenible.

En su ensayo “La garantía mutua”, Baal HaSulam dijo: “A la nación de Israel le corresponde (…) capacitarse a sí misma y al mundo entero para implementar la sublime labor del amor al prójimo”. Más adelante, en ese mismo ensayo, añade: “La nación de Israel fue establecida como un conducto para que, a través de él, las chispas de purificación puedan fluir hacia toda la raza humana por todo el mundo”.

Cuando Baal HaSulam finalizó su comentario Sulam, celebró la ocasión con sus estudiantes en un lugar muy simbólico: Idra Zuta, la cueva donde el rabino Shimon Bar Yojay y sus discípulos escribieron El Zóhar. No obstante, Baal HaSulam no prestaba demasiada atención a la tremenda hazaña que había realizado. Lo que le preocupaba era el futuro del Estado de Israel. Dijo que se nos había concedido la tierra, pero “no hemos recibido la tierra en nuestras manos”. Lo que quería decir era que la tierra nos fue entregada para realizar una tarea que aún no hemos iniciado: unirnos y proyectar esa unidad al mundo, tal como se describe más arriba.

Es más, Baal HaSulam optó por finalizar su introducción sobre El Zóhar con una severa advertencia detallada a lo largo de varias páginas: Israel debe ser un modelo para el mundo, o los horrores del Holocausto se repetirán.

Me gustaría que todo fuera más sencillo, pero el mundo no nos dejará en paz hasta que tengamos el valor de unirnos de manera genuina, sean cuales sean las circunstancias, y con total sinceridad, desde lo más profundo de nuestros corazones. Esos dos grandes hombres nos legaron este mensaje para alentarnos a llevarlo a cabo. Sabían que las batallas de Israel no se ganarían con las armas, sino con el espíritu. Si adoptamos el espíritu de nuestra nación –el espíritu de “ama a tu prójimo como a ti mismo” y “lo que tú odias, no lo hagas a los demás”– nos convertiremos en la nación más poderosa de la Tierra. Y no porque seamos capaces de derrotar a nuestros adversarios, sino porque no tendremos enemigos.

A todos los judíos con el corazón apenado por el estado de nuestra nación, les hago un llamamiento: Únanse “como un solo hombre con un solo corazón”. Mostremos al mundo un ejemplo de unidad que toda la humanidad pueda y desee adoptar. Si nos unimos, el mundo verá una luz al final del túnel de odio en el que hemos caído. Y saldremos de él hacia un mañana esplendoroso, esperanzador.

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