Uniting Europe

Al final, el mundo nos obligará a unirnos. Pero cuanto más tardemos, más severamente seremos castigados.
 

Recientemente, los palestinos han intensificado su guerra política contra Israel en la ONU. A diferencia de las votaciones en la UNESCO, que son más bien declaraciones en vez de resoluciones con una implementación práctica, un voto contra Israel en el Consejo de Seguridad de la ONU podría suponer un auténtico problema para Israel. De no ser vetada, tal votación podría conducir a sanciones políticas, económicas e incluso militares.

Sin embargo, la opinión pública israelí parece sentirse felizmente ajena a la situación. Los EE.UU. y Egipto han impedido temporalmente que Mahmud Abás presente su solicitud de votación en el Consejo de Seguridad hasta después de las elecciones americanas ya que, después de las elecciones, EE.UU. no se sentirá obligado a vetar dicha votación. Si se produce, la votación saldrá adelante con una abrumadora mayoría, dejando a Israel solo ante la reprobación del mundo entero. Y esto supondría un giro radical. Pero en Israel nadie está –ni siquiera– hablando de ello.

Hasta que no recibamos una buena bofetada por parte del mundo, seguiremos ignorando el peligro. Esta indiferencia estaría justificada si no pudiéramos hacer nada al respecto. Ante una enfermedad incurable, no tiene sentido decirle a un paciente que sus días están contados. Pero nuestra situación dista mucho de ser incurable. Podemos revertir esta tendencia y apaciguar la hostilidad que el mundo siente hacia nosotros. Sin embargo, es preciso despertar ahora: el tiempo se está acabando y el punto de no retorno se está acercando.

 

Por qué el mundo está tan inquieto con Israel

Si la ONU puede considerarse un reflejo de la opinión del mundo, entonces, por descontado, Israel es el foco de la atención mundial; hasta tal punto que algunos consideran esto una obsesión. El antisemitismo ha existido desde que aparecieron los judíos, pero nunca fue tan universal ni tan abiertamente aceptado que el mayor problema del mundo son los judíos o, en este caso, el estado judío.

Hay un buen motivo para toda la atención negativa que el mundo nos está prestando. El mundo nos hace responsables de todos los problemas en Oriente Próximo y, a su vez, considera que los problemas en Oriente Próximo son el origen de todos los problemas del mundo. De modo que, a fin de cuentas, se nos considera responsables de todos los problemas del mundo.

 

Acerca de los judíos y el egoísmo

La raíz de los problemas de la humanidad es el egocentrismo. Si no estuviéramos tan absortos en nosotros mismos, hace décadas que podríamos haber eliminado el hambre en el mundo, disminuido las emisiones de gases de efecto invernadero, evitado catástrofes climáticas e impedido la mayoría por no decir todas las guerras. No obstante, dada la incapacidad de refrenar nuestro ego, la humanidad está inmersa en unas guerras de ego que todo el mundo entiende que acabarán con la mayoría de nosotros, pero nadie sabe cómo detener.

Sin embargo, hace muchos siglos, nuestra nación halló un método que no solo dominaba el ego, sino que lo utilizaba para el bien común. Tanto El Midrash (Bereshit Rabá) como Maimónides describen los esfuerzos de Abraham por divulgar la idea de que la unidad puede elevarnos por encima del ego. Abraham descubrió que, a través de la unión, podemos beneficiarnos de la fuerza que conecta todo lo que nos rodea: desde los átomos a un organismo vivo o la misma sociedad humana.

Tras ser desterrado de Babilonia, Abraham continuó divulgando su sabiduría dondequiera que iba. Sus discípulos y descendientes prosiguieron su desarrollo utilizando las dos fuerzas existentes: la fuerza negativa del ego y la fuerza positiva que Abraham descubrió. Finalmente, solamente cuando accedieron a unirse “como un solo hombre con un solo corazón” por encima del ego, se convirtieron en una nación.

La escalada del monte del Sinaí –de la palabra hebrea Sinaá (odio)– por parte de Moisés representa la victoria de Israel derrotando al odio en sus corazones gracias a la unión por encima de él. Y a medida que Israel iba vagando por el desierto del Sinaí, el desierto del odio, fueron perfeccionando su método, el cual sería sucintamente descrito por el rey Salomón en Proverbios (10:12): “El odio despierta rencillas; pero el amor cubre todas las transgresiones”.

Mientras que el resto de la humanidad se encontraba aún sumida en el hedonismo, el pueblo de Israel se afanaba en un método que les reveló el secreto para una sociedad equilibrada y próspera, y les proporcionó un conocimiento sobre el mundo que otras naciones ni siquiera podían imaginar. Desde entonces, el mundo odia y teme a los judíos.

Sin embargo, los judíos no recibieron este conocimiento para sí mismos. Abraham tenía la intención de compartir lo que había hallado con sus conciudadanos de Babilonia. Al igual que él, Moisés también quiso que todos conocieran el secreto para mitigar el ego y vivir una vida feliz. Moshe Jaim Luzzatto, el Ramjal, escribió que “Moisés deseaba completar la corrección del mundo en ese momento. (…) Sin embargo, no tuvo éxito debido a las corrupciones que se produjeron por el camino” (El comentario del Ramjal sobre la Torá). La corrección que les corresponde a los judíos es llevar a cabo el compromiso de ser “una luz para las naciones”.

Aunque la mayoría de las personas no son conscientes de ello, la ira que el mundo siente hacia nosotros está relacionada con la misión que recibimos a los pies del Monte Sinaí: proporcionar una corrección para el ego. Herman Rauschning, un conservador alemán vinculado a los nazis por poco tiempo, describe esta sensación escribiendo: “el judaísmo es (…) la eterna ‘llamada a Sinaí’ contra la cual la humanidad se rebela una y otra vez” (La bestia del abismo).

 

La obsesión de la ONU: nuestra llamada a la acción

La ONU ya ha declarado que no tenemos ningún derecho sobre el Monte del Templo. Mañana declarará que no tenemos ningún derecho sobre Hebrón y la cueva de Majpela, y el día después declarará que no tenemos ningún derecho sobre Jafa, Lod o Ramla. Finalmente, la ONU declarará que ni siquiera somos auténticos judíos, sino europeos, y por lo tanto tendremos que salir Palestina, ya sea mediante la fuerza o mediante la extinción, para implementar dicha decisión.

Pero no es demasiado tarde. El ego gobernaba el mundo hace miles de años y también hoy es el ego quien mueve el mundo. El remedio que Abraham ofreció a su pueblo y que Moisés quiso ofrecer al mundo entero es ahora más pertinente que nunca. La diferencia es que ahora el mundo está tan pendiente de nosotros que, cualquier cosa que hagamos, será observada inmediatamente por toda la humanidad.

Si cubrimos nuestro ego y nos unimos, el mundo tomará nota rápidamente. No tenemos que enseñar nada a nadie. Ya somos “el acontecimiento más relevante”. Lo único que tenemos que hacer es desempeñar el papel que nos corresponde y cubrir nuestro ego con amor, tal como describió el rey Salomón. Esto proporcionará un ejemplo adecuado, y la gente finalmente entenderá por qué existen los judíos.

Entre la izquierda y la derecha, los religiosos y los seculares, ashkenazis y sefardíes, y todos los demás antagonismos en la sociedad israelí, probablemente sea cierto que si los árabes fueran astutos, dejarían que nos matásemos entre nosotros o que nos largásemos por nosotros mismos. Pero no nos van a dejar en paz. Nos van a presionar hasta que nos veamos obligados a unirnos. Y cuanto más esperemos, más severamente el mundo nos castigará.

Nos guste o no, somos el pueblo cuyos antepasados se unieron por encima del ego y nos legaron la misión de difundir por el mundo la luz de esta singular forma de unidad. Mientras sigamos discutiendo, el mundo nos va a culpar no solo de las guerras en Oriente Próximo, sino de todas las otras guerras también. La humanidad no podrá superar su ego a menos que nosotros superemos el nuestro y con ello les mostremos cómo hacerlo. A menos que nos unamos, el mundo no aceptará nuestra existencia pacífica, ni en Israel ni en ningún otro lugar.

 

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