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Más allá de las campañas de desprestigio está la batalla de Trump para salvar la economía real frente a los esfuerzos de Clinton para salvar a Wall Street.

 

Las inminentes elecciones en Estados Unidos son muy distintas a todas las campañas anteriores. Más allá de las inauditas campañas de desprestigio, podemos ver una gran diferencia entre las visiones del mundo. Y los votantes deben ser conscientes de ellas a la hora de emitir sus votos, porque estas elecciones inevitablemente determinarán su futuro.

En estas elecciones los dos candidatos no representan dos variaciones de la misma postura económica, sino dos visiones del mundo esencialmente distintas. Donald Trump planea revigorizar la economía real, la que produce bienes y servicios, aunque sin duda será a expensas de los bancos de Wall Street. Por el contrario, Hillary Clinton, planea rescatar a los bancos, pero a expensas del ciudadano de a pie y de la economía real. De ahí que el choque entre los candidatos sea tan apasionado y básicamente irreconciliable.

Para entender las diferentes perspectivas de los candidatos, es preciso entender el impacto de la crisis mundial de 2008 en la economía estadounidense. La Conferencia de Bretton Woods en 1944 fijó un nuevo modelo económico que vinculó todas las monedas extranjeras al dólar estadounidense. Esta fijación de los tipos de cambio permitió al gobierno estadounidense imprimir cada vez más dólares sin la amenaza de una devaluación. Mientras el comercio global siguiera creciendo, imprimir más dólares estaba justificado económicamente ya que el dinero era necesario para mantener el comercio en expansión. Tener más dólares en el sistema global, a la par que preservaba la fortaleza de la moneda, hizo a América más poderosa y a sus ciudadanos, cuyos ahorros se contaban en dólares, cada vez más acaudalados. Esa fue la época dorada del “sueño americano”.

Pero en 2008 el mundo se vio golpeado por una crisis económica de la que aún no se ha recuperado. La emisión monetaria con unos mercados globales que han ido cayendo en picado ya no va acompañada de crecimiento. El gobierno ha tratado de revitalizar la economía reduciendo los tipos de interés y colocando forzosamente dinero nuevo, algo conocido como expansión monetaria o por su otra forma de denominarlo: imprimir todavía más dinero. No obstante, esto ha dado lugar a un enorme incremento de la deuda pública.

En 2014, al comprobar el lento crecimiento pese a la emisión de moneda y que la deuda estaba fuera de control, el gobierno comenzó a reducir la emisión con el fin de frenar el incremento de la deuda. La consecuencia: los principales bancos, que ahora respaldan a Clinton, comenzaron a asfixiarse financieramente. Los bancos saben que si quieren librarse de ese estrangulamiento deben colocar a “uno de los suyos” en la Casa Blanca para que ponga de nuevo en marcha la emisión de dólares. Hillary Clinton, cuya campaña depende en gran medida de las finanzas de Wall Street, está completamente en deuda con los bancos; y por lo tanto hará lo que digan. Esta es la razón por la que Wall Street la apoya con tanta pasión.

Donald Trump, sin embargo, es la peor pesadilla para Wall Street. La máxima prioridad para él son los intereses nacionales de Estados Unidos. Trump pone a la economía real por delante de Wall Street y considera la recuperación económica y la reducción de la deuda pública como sus principales objetivos. (Irónicamente, la visión económica de Sanders está más en consonancia con la de Donald Trump que con la de Hillary Clinton.) Trump sin duda elevará los tipos de interés, haciendo que los préstamos sean más caros y menos accesibles para la mayoría de la gente. Como resultado, los bancos –cuya principal fuente de ingresos es la deuda de los ciudadanos– se asfixiarán todavía más y finalmente quebrarán. No obstante, esto supondría la salvación de la economía estadounidense.

 

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