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Por qué la victoria de Trump es, en realidad, la mejor noticia que podíamos esperar.

Ninguna encuesta lo anticipó, pero Trump es el nuevo Presidente electo. En mi opinión, y lo he explicado en varias ocasiones, la victoria de Trump es la mejor noticia para los judíos. A pesar de movilizarse masivamente para apoyar a Clinton –al igual que hicieron con Obama y con todos los candidatos demócratas durante las últimas décadas– ganó el mejor candidato para los judíos. Y los judíos en los EE.UU. e Israel se han salvado, por ahora…

Hace menos de un mes, la UNESCO negó la conexión entre Israel y el Monte del Templo. En aquel momento escribí que la decisión en la UNESCO era el comienzo del fin del estado de Israel. Con todo, hasta yo me veo sorprendido por lo velozmente que las cosas se han deteriorado. Mientras los ojos del mundo estaban clavados en el recuento de votos, “los comités de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York votaban el martes al menos nueve resoluciones anti-Israel, incluyendo dos que ignoran los vínculos judíos con el Monte del Templo”.

Este voto, el primero de una serie de medidas anti-Israel, es parte de una venganza que Obama ha estado planeando contra Israel desde hace algún tiempo. Si Hillary Clinton hubiera ganado, la situación de Israel habría sido mucho peor. Pero la victoria de Trump, junto con la superioridad del Partido Republicano tanto en la Cámara como en el Senado, nos permite hacer una pausa y reflexionar sobre lo que debemos hacer para evitar la inminente catástrofe a punto de acaecer sobre el pueblo judío.
 
¿Qué nos hace judíos?

Del mismo modo que ocurrió en Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial o en España antes que apareciera la Inquisición, los judíos estadounidenses están tratando de asimilarse hasta el punto de llegar a la desaparición. La última encuesta realizada por Pew a los judíos estadounidenses muestra que “la tasa de matrimonios mixtos es del 58%”, en comparación con el “17% en 1970”. En otras palabras, los judíos ya no quieren ser judíos: prefieren ser americanos sin ninguna vinculación confesional.

Estos datos no deberían sorprendernos. Si, según la encuesta, el 73% de los judíos sienten que recordar el Holocausto es lo que los define como judíos, y el 42% considera que ser judío significa “tener un buen sentido del humor”, no es de extrañar que muchos judíos quieran optar por apartarse de la tribu. ¿Quién querría pertenecer a un grupo minoritario al que todos odian y se ve obligado a compensar todo ello con humor (principalmente a su propia costa)?

No obstante, si algo nos ha enseñado la historia, es que los judíos siempre son perseguidos y nunca pueden asimilarse por completo. No funcionó en la Alemania del siglo XX, no funcionó en la España del siglo XV y no funcionará en la América del siglo XXI.
 
El antisemitismo no es ninguna paranoia

Jstreet, Judíos por la Justicia en Palestina –y otras organizaciones promovidas por Obama– han intentado desgarrar a la comunidad judía. La unidad es la única fortaleza de nuestro pueblo, y por lo tanto no hay nada más peligroso para nosotros que la separación. Como escribí recientemente, la división entre los judíos estadounidenses y el estado de Israel supone una amenaza existencial para ambas comunidades. De ahí que financiar la campaña de Clinton ha sido equivalente a que los judíos estadounidenses armen a Hamas; o peor aún: equivalente a financiar la construcción de sus propios campos de concentración en América. Los cataríes y los saudíes, que han inyectado cientos de millones de dólares a la campaña de Clinton y a la Fundación Clinton, lo saben muy bien. Pero de algún modo, los judíos, que tan orgullosos se sienten de su sabiduría, desconocen por completo estos hechos.

Podríamos considerar esto una paranoia, pero los hechos son que los campus de Estados Unidos se han convertido en hervideros de antisemitismo y el gobierno no ha hecho nada para impedirlo. Esta indiferencia ante repetidos delitos de odio sin duda no está en consonancia con el liberalismo y la democracia. Si Clinton hubiera sido elegida, habría continuado la misma política con el mismo vigor, mientras que Obama habría quedado liberado para “ocuparse” de Israel, como ya está tratando de hacer mediante la ONU. Si la nación judía no se une para poder revertir estos siniestros planes, desaprovecharemos la oportunidad que nos concede la victoria de Trump y las consecuencias serán impensables.
 
¿Por qué la unidad?

Ser judío no consiste en tener intelecto o un tipo de humor: consiste en llevar el equilibrio a las relaciones humanas y la conexión entre las personas. Mientras la naturaleza mantiene el equilibrio operando con dos fuerzas complementarias –la positiva y la negativa– los seres humanos únicamente empleamos la fuerza negativa, que se manifiesta en nosotros como egoísmo. Esta es la fuerza que está detrás de las guerras que libramos, la contaminación con la que inundamos cielos y océanos, y el abuso que nos infligimos unos a otros. Cuando en la humanidad únicamente opera la fuerza negativa, el mundo que creamos para nosotros mismos es ciertamente sombrío.

La primera vez que la fuerza positiva llegó masivamente a la humanidad fue cuando los judíos acordamos unirnos “como un solo hombre con un solo corazón” al pie del monte Sinaí, la montaña de sina’a (odio). Y en cuanto recibimos esa fuerza, se nos encomendó difundirla siendo “una luz para las naciones”.

Nuestros antepasados perfeccionaron un sencillo método para preservar su unidad: cubrieron su odio con amor (Proverbios 10:12). En lugar de tratar de suprimir el odio que sentían unos hacia otros, se unieron por encima de él, invocando así la fuerza positiva que equilibró su sociedad del mismo modo que equilibra todas las demás partes de la naturaleza. No iban contra el odio, sino que desarrollaron el amor por encima de él. Nuestros antepasados no realizaron esto para sí mismos. Ellos deseaban crear un método que corrigiera el ego de toda la humanidad: ser “una luz para las naciones”. Por eso, el cabalista Ramjal escribe que “Moisés quiso completar la corrección del mundo en aquel entonces” (El comentario de Ramjal sobre la Torá).

Rabí Shimon Bar Yojay captó todo el proceso de cubrir el odio con amor con unas sencillas palabras en El libro del Zóhar: “‘He aquí, cuán bueno y agradable es que los hermanos se sienten juntos’. Estos son los amigos, cuando se sientan juntos y no están separados unos de otros. Al principio, parecen personas en disputa, deseando matarse entre sí. Luego, vuelven a estar en amor fraterno (…) Y vosotros, los amigos que aquí estáis, del mismo modo que estabais antes, en afecto y amor, de ahora en adelante ya no os separaréis (…) Y gracias a vuestro mérito, habrá paz en el mundo” (El Zóhar, Ajarey Mot).

La elección está en nuestras manos. Si decidimos unirnos por encima del odio que sentimos unos hacia otros –y ciertamente lo sentimos– entonces, finalmente llegaremos a ser lo que nosotros, los judíos, estamos destinados a ser: un modelo a seguir que demuestre cómo la unidad puede triunfar sobre el egoísmo y todo lo que separa a las personas. Pero mientras sigamos eludiendo la unidad, estaremos impidiendo que el mundo pueda contrarrestar el egoísmo inherente a la naturaleza humana. Y con ello nos convertimos en nuestro peor enemigo, ya que el mundo nos detesta por el odio que sentimos entre nosotros y por la resistencia a cumplir con nuestra misión.

Si queremos que el mundo reconozca nuestro valor, primero debemos aceptar nuestra misión. Y es ahora el momento: no debemos esperar hasta que sea demasiado tarde.

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