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Judíos y árabes tienen un mismo padre común cuya misericordia y generosidad unieron en torno a él a personas diferentes y a menudo hostiles.

A medida que las llamas se extinguen tras la vertiginosa ola de “piro-terrorismo”, como se refirió a ella el Ministro de Educación Naftalí Bennett, calibramos los daños y podemos alegrarnos de que nadie resultara gravemente herido. En efecto, eso es lo que deberíamos hacer, porque verdaderamente nos protegieron de nuevo.

Pero dejando las alegrías a un lado, ahora que las llamas están apagadas, deberíamos empezar a pensar seriamente acerca de la raíz principal de esta ira incendiaria. Y cuando digo la “raíz principal” no me refiero al estancamiento del “proceso de paz” (¿Ha habido alguna vez una descripción más cínica de una perpetua confrontación tildándola de “proceso de paz”?). Cuando digo “raíz principal” me refiero a la raíz del odio entre israelíes y palestinos, porque lo cierto es que no siempre hubo odio, y la ascendencia común que compartimos solía desempeñar un papel más destacado en nuestras relaciones.

Si contemplamos el conflicto árabe-israelí desde un ángulo diferente, quizá podamos encontrar una escapatoria al abismo de las hostilidades perpetuas.

Tiempo de cambio

A lo largo de la breve historia del Israel moderno, hemos perseguido constantemente la paz. Y durante este tiempo, el único paradigma que hemos seguido ha sido la fórmula de “territorios a cambio de paz”. Se han probado diversas variantes de ella a lo largo del tiempo: desde los tratados de paz, como con Egipto, pasando por las zonas A, B y C de Cisjordania tras el Acuerdo de Oslo II, hasta una retirada unilateral de Gaza. Todos han dado malos resultados en el mejor de los casos. El sueño de Shimon Peres de un “nuevo Oriente Próximo” se ha hecho realidad, pero no se parece al que el ex primer ministro imaginó. En lugar de paz tenemos terror por todo el país, perpetrado por palestinos no entrenados –a veces menores de edad– y motivados exclusivamente por el odio.

Obviamente, la fórmula de “territorios a cambio de paz” ha fracasado y debemos hallar un nuevo paradigma. Para lograr la paz –y no simplemente hablar de ella– debemos pensar más allá del asunto de los territorios y empezar a centrarnos concretamente en aquellos que tienen que hacer la paz: los israelíes y los palestinos.

Cuando no hay política, la gente se entiende

Inicialmente, Mahoma no consideraba que judíos y musulmanes fueran enemigos. “Cuando Mahoma llegó a Medina”, escribe el historiador Zachary Karabell, firmó un acuerdo “que fue conocido como la ‘Constitución de Medina’. Era un modelo de ecumenismo”. El acuerdo dio lugar a una comunidad y Mahoma declaró que “Los judíos pertenecen a la comunidad y deben conservar su propia religión; ellos y los musulmanes deben ayudarse mutuamente cuando sea necesario” (Karabell, Peace Be Upon You: Fourteen Centuries of Muslim, Christian, and Jewish Conflict and Cooperation).

Esta excepcional coexistencia no duró mucho tiempo en Arabia, y Mahoma acabó sometiendo o destruyendo a las tribus judías que vivían allí y rechazando sus enseñanzas. Sin embargo, a diferencia del antisemitismo cristiano, los musulmanes no percibían a los judíos como la fuente de todo mal.

El célebre autor turco Harun Yahya, escribe que hasta que “el régimen de Vichy, creado por los nazis [e implantado en Marruecos], comenzó sus prácticas antisemitas (…) los 250.000 judíos marroquíes eran una parte inseparable de Marruecos, de su cultura, historia y civilización, contribuyendo a construirlo tal como lo conocemos hoy”. Yahya continúa diciendo: “Durante siglos estas dos comunidades coexistieron en armonía y camaradería”. Incluso en Jerusalén árabes y judíos vivieron cientos de años pacíficamente unos junto a otros, hasta que la política se interpuso en su camino, allí también.

Al parecer, cuando uno se centra en las personas y no en los territorios, es posible dejar la política (y a los políticos) a un lado e instaurar una atmósfera totalmente diferente.

Volver a poner énfasis en las personas

Antes del establecimiento del estado de Israel, los líderes del asentamiento judío que se encontraba allí lucharon por la paz y creyeron que era posible. Es más, hicieron más hincapié en el aspecto humano que en el político. Rav Kook, el líder espiritual del sionismo religioso, escribió: “Sé con certeza que la nación árabe en su conjunto, incluyendo la mayoría de los árabes en Israel, está llena de tristeza y vergüenza por las malas acciones perpetradas por una pequeña minoría de ellos a causa de sus agitadores” (Tesoros del Rayá).

Asimismo, el célebre pensador Martin Buber escribió: “Nuestro regreso a la tierra de Israel no conlleva la negación de los derechos de los demás. Deseamos establecer nuestra residencia común con la nación árabe como un pacto justo, y con una comunidad próspera, económica y culturalmente, cuyo desarrollo permita que cada una de las naciones se desarrolle individualmente sin interrupción” (“Esperanzas de solidaridad árabe-judía”).

Por último, David Ben Gurión, que a la postre se convertiría en el primer ministro de Israel, dijo en la convención de la Histadrut en marzo de 1944: “Un comentario más sobre el significado de un estado judío: no se trata de un estado gobernado exclusivamente por judíos. En la tierra de Israel, viven árabes y otros que no son judíos. Es inconcebible que no exista una total y absoluta igualdad tanto política, como civil y nacional en un estado judío. No solo igualdad entre las personas, sino también igualdad confesional: absoluta autonomía en todos lo que concierne al idioma, la religión y la cultura. En un estado judío, es posible que un árabe sea elegido como primer ministro o como presidente, si es digno de serlo”.

Lamentablemente, en cuanto abandonamos la idea de educarnos para la coexistencia, también perdimos la capacidad de alcanzar la paz. A medida que los corazones de la gente se fueron llenando de odio y agitación, la vida en armonía en Israel pasó de ser un sueño a convertirse en un espejismo.

Uniéndonos desde la base abajo hacia arriba

Ahora que los políticos han dejado de promover las relaciones entre israelíes y palestinos, y que hemos dejado de confiar en el gobierno (sea el que sea) para que alcance la paz, es hora de empezar a construir desde abajo hacia arriba. Cuando los miembros del Movimiento Arvut (responsabilidad mutua) –cuyas ideas provienen del concepto de unidad entre humanos como describe la sabiduría de la Cabalá– decidieron experimentar de manera práctica el principio de unidad por encima de las diferencias, descubrieron un sencillo método de deliberación llamado Círculos de Conexión. Básicamente, un Círculo de Conexión es un círculo de debate en el que todos los participantes son iguales, cada uno habla cuando es su turno, no interrumpe a otros participantes y agrega a la conversación, pero sin refutar las ideas de los demás.

Los resultados de los Círculos de Conexión superaron con creces todas las expectativas. Como demuestran estos enlaces, una y otra vez, la gente demostró que, cuando se sientan en un círculo como iguales, desaparecen las diferencias, las hostilidades, las barreras culturales; incluso las barreras del idioma.


Además, este vídeo (en hebreo, pero puede activarse la opción de subtítulos) rodado en la turística ciudad de Eilat, en la frontera entre Israel y Egipto, es posiblemente la mejor prueba de la fuerza de la conexión humana forjada con el Círculo de Conexión.

El vídeo, titulado “El lugar donde la paz comienza”, contiene algunos de los numerosos testimonios de árabes que experimentaron Círculos de Conexión con judíos [*]. Al finalizar la sesión, una mujer dijo acerca de árabes e israelíes: “Somos como una familia, ni judíos ni árabes, sin racismo”. Otro hombre dijo: “Podemos ser un ejemplo para todo el mundo, que nosotros [árabes y judíos] de verdad queremos la unidad, que queremos vivir unos junto a otros”. Incluso otro hombre hizo referencia a nuestro pasado común: “Es nuestro deber vivir juntos porque venimos del mismo padre [Abraham]. Es algo que de lo que no podemos escapar”, dijo mirando directamente al entrevistador. A continuación, a un joven se le pregunta cómo cree que puede haber paz entre árabes y judíos. Él responde: “Comienza con un círculo así, donde escucho, y educo a mis hijos desde la infancia en el amor, en la comprensión del otro; y de ese modo tendremos generaciones de gente realmente feliz y optimista. El círculo de hoy contiene siete sillas, pero estaría muy feliz si tuviera 80 millones, donde todos nos pudiéramos sentar juntos, cumpliendo nuestros deseos”. Por último, un hombre de mediana edad concluye: “Si este círculo se propaga correctamente, no solo en Eilat, esto es lo que nos traerá la paz y no los políticos: ni los nuestros [políticos árabes] ni los suyos [políticos judíos]. Solo si este círculo se extiende habrá paz, y unirá los corazones de la gente. De lo contrario, olvídalo; no habrá paz”. De nuevo: todos estos testimonios provienen de árabes tras experimentar solamente un círculo de conexión.

La teoría detrás de esta sencilla técnica es todavía más simple que la propia técnica, y se basa en el principio que nos convirtió en un pueblo: “El odio agita la contienda y el amor cubre todas las trasgresiones” (Proverbios 10:12). Esto significa que no tenemos que suprimir las diferencias entre nosotros. No usamos eufemismos ni la corrección política, sino que, al contrario, traemos nuestros odios al círculo, los apilamos – metafóricamente– en el centro y nos unimos por encima de ellos.

Moisés escaló el Monte Sinaí –de la palabra sina’a [odio]– y nos trajo la Torá, la ley de amar a los demás como a nosotros mismos, pero solo cuando accedimos a unirnos “como un solo hombre con un solo corazón”, como nos cuenta RASHI. Del mismo modo, al juntarnos en un círculo, se convierte en una profunda experiencia de unidad; resulta evidente viendo los ojos relucientes de los entrevistados mientras explican sus sensaciones y conclusiones.

Todos los participantes fueron elegidos al azar entre los muchos turistas que paseaban por Eilat una noche de verano.

 

Regar nuestras raíces comunes

Cuando Baal HaSulam escribe en Los escritos de la última generación, “el judaísmo debe presentar algo nuevo a las naciones; esto es lo que esperan con el retorno de Israel a la tierra”, se refiere a la unidad. Somos el pueblo que introdujo la unidad como base sobre la que fundar una nación o, como Baal HaSulam expresó en el libro que acabamos de mencionar, “la sabiduría del otorgamiento”. Seremos “una luz para las naciones” solamente cuando otorguemos unidad al mundo entero. En una de sus cartas el Rav Kook escribió: “El amor fraternal de Esaú y Jacob, y el de Isaac e Ismael, se elevarán por encima de todas las conmociones que la maldad ha inducido, y las convertirán en luz y misericordia eternas” (Las cartas del Rayá). Esta luz de la unidad es lo que iluminaba los ojos de aquellos árabes que participaron en el círculo; y es lo que ilumina los ojos de judíos, cristianos, musulmanes y de todos los laicos o religiosos, o ni lo uno ni lo otro, cuando experimentan los Círculos de Conexión por todo el mundo.

El único remedio que el mundo necesita es la unidad, pero desconoce cómo producirla. En Israel, nosotros –israelíes y árabes– podemos producirla y, de ese modo, convertirnos en un modelo que el mundo acepte gustosamente. Tenemos un mismo padre común, cuya naturaleza era de misericordia y generosidad. Gracias a ello logró unir a tantas personas tan diversas en torno a él. Hoy, podemos –y debemos– aprovechar el legado de Abraham e instaurar la unidad entre nosotros. Si deseamos la paz y la convivencia, este es el camino a seguir.

[*] Todos los participantes fueron elegidos al azar entre los muchos turistas que paseaban por Eilat una noche de verano.
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