Uniting Europe

New York Stock Exchange; Reuters Image

Durante décadas, la economía ha explotado a la clase media; pero una economía justa requiere primero una sociedad conectada.

Hace unos días, un artículo en la prestigiosa Harvard Business Review revelaba que la mitad de la población adulta norteamericana piensa que hace cincuenta años la vida era mejor. El autor del artículo, el economista Dr. Marc Levinson, sostiene que la gente siente eso no porque sus vidas sean materialmente más difíciles hoy que hace cincuenta años, sino porque en aquel entonces la gente tenía esperanza. “La gente de una amplia capa de la sociedad veía cómo sus niveles de vida mejoraban año tras año”, escribe Levinson, “y esperaban eso mismo para sus hijos. Hoy en día (…) solamente un estadounidense de cada cuatro cree que la próxima generación norteamericana vivirá mejor que ahora”. Si una sociedad no ofrece ninguna esperanza a su población, esa sociedad se desespera.

Hace cincuenta años, la Nueva Economía era el paradigma imperante en los Estados Unidos. Los economistas creían que los impuestos, el gasto público y la política monetaria mantendrían a la economía con una tendencia de bajas tasas de desempleo, mínima inflación y crecimiento constante. Y durante un tiempo funcionó. Pero desde hace algunas décadas, la Nueva Economía se ha mostrado ineficaz. Poco a poco, se han reducido los impuestos a los puntos porcentuales más altos, y la política monetaria ha sido sustituida por una hechicería financiera que pretende ayudar a la clase media y a los desfavorecidos, pero que en realidad ha enriquecido a los que ya son enormemente ricos.

La economía actual se está sosteniendo con unas muletas de falsa expansión mediante la emisión de moneda a través de diversas herramientas financieras. Si la inflación no se dispara es solo porque la gente no tiene dinero para gastar, ni deseo de comprar.

Peor aún: si antes la gente tenía la esperanza de poder encontrar un trabajo tras una ardua búsqueda, hoy en día están renunciando al mercado de trabajo por completo. Las máquinas se están apoderando del trabajo humano y la gente está perdiendo la esperanza de contar para siempre con un trabajo estable.

Donde hay verdadera demanda

A pesar de estas sombrías predicciones, hay un área donde la demanda está al alza: la demanda de buenas conexiones entre las personas. Satisfacer las necesidades materiales garantiza nuestra supervivencia física. Sin embargo, nuestra felicidad depende enteramente de unas conexiones positivas con los demás. Art Markman, profesor de psicología, concluyó en un ensayo publicado en Psychology Today que “las interacciones que tenemos con otras personas afectan la forma en que nos sentimos con respecto a la vida”.

Sin embargo, la humanidad va en la dirección contraria. Nos estamos volviendo cada vez más egocéntricos, más explotadores, o como la columnista Zoe Williams se cuestionó: “Entre las celebridades que buscan llamar la atención con una excesiva presencia digital y el auge de la cirugía estética, estamos rodeados de comportamientos narcisistas. ¿No debería preocuparnos nuestra creciente auto-obsesión?”.

Ciertamente deberíamos estar muy preocupados. La obsesión por uno mismo tiene síntomas mucho peores que la “excesiva presencia digital”. Bajo la estricta censura de la corrección política, Estados Unidos prácticamente se ha convertido en un país tercermundista, en el que la cada vez más reducida clase pudiente se enriquece cada día, mientras que los porcentajes de ingresos de la clase media se hunden. ¿Por qué más de cuarenta millones de estadounidenses tienen que subsistir con cupones para alimentos que ascienden a unos 120 dólares mensuales mientras que un puñado selecto puede permitirse gastar el doble en una sola comida en el restaurante de moda? De hecho, ¿por qué debería preocuparse alguien por su alimentación y la de sus hijos cuando la mitad de toda la producción de alimentos de los EE.UU. va a la basura? Incluso si usted es de los pocos que todavía piensan que los pobres son perezosos e incompetentes, probablemente no se sorprenderá cuando se rebelen contra el sistema que les ha negado su dignidad humana.

Equilibrio: el requisito previo para una buena vida

Hay una buena razón por la cual las conexiones humanas positivas son esenciales para nuestra supervivencia como sociedad, incluso para nuestra supervivencia física. Toda la realidad se basa en una interacción equilibrada entre dos fuerzas: la positiva y la negativa. Estas fuerzas se manifiestan como dar y recibir, conexión y desconexión. Se manifiestan en todos los fenómenos naturales: inhalar y exhalar, el día y la noche, verano e invierno, y todas las demás expresiones del positivo y el negativo que se dan en nuestro mundo. Sin un equilibrio apropiado entre ellos, nuestro universo no sería como es y nuestra existencia no sería posible.

Tal vez la mejor descripción que he escuchado hasta la fecha del mecanismo por el cual la naturaleza equilibra las fuerzas positiva y negativa, proviene de la bióloga evolutiva Prof. Elisabet Sahtouris. En noviembre de 2005, fui invitado como ponente a una conferencia en Tokio titulada “Creando una nueva civilización” y organizada por la Goi Peace Foundation. Entre los ponentes se encontraba la profesora Sahtouris, que ofreció una descripción concisa pero precisa de las interacciones entre las fuerzas que hacen posible la vida. “En su cuerpo”, dijo, “cada molécula, cada célula, cada órgano y el cuerpo entero, tiene intereses propios”. Esta es la fuerza negativa. Sin embargo, “cuando cada nivel (…) muestra su interés propio, fuerza las negociaciones entre niveles. Este es el secreto de la naturaleza. A cada momento, en nuestro cuerpo, estas negociaciones llevan la armonía al sistema”.

La descripción de Sahtouris es válida para todos los niveles de la naturaleza –inanimado, vegetal y animal– a excepción de la humanidad. Cuando se trata de las personas, la fuerza negativa, que se manifiesta a través del egoísmo, es la única que gobierna. La esclavitud, todo tipo de coacciones, la avaricia o la injusticia social son el resultado del predominio de la fuerza negativa, de la “obsesión por uno mismo”, como Zoe Williams mencionaba anteriormente.

A menos que aprendamos a insertar la fuerza positiva en las relaciones humanas y, de ese modo, las convirtamos en conexiones positivas, todos nuestros intentos de justicia social están condenados al fracaso. Esto es lo que ha convertido la atractiva idea del liberalismo en la maldición del neoliberalismo. El profesor emérito en psicoanálisis Paul Verhaeghe lo expresó elocuentemente en un ensayo, “El neoliberalismo ha sacado lo peor de nosotros: la libertad con la que nos percibimos en occidente es la mayor falsedad de nuestro tiempo”.

Para restablecer el equilibrio en la sociedad humana y poner algo de cordura en nuestro mundo, debemos encontrar el modo de introducir la fuerza positiva –la cualidad de dar– en nuestras conexiones humanas.

Salve, “Nueva Economía”

Puesto que la naturaleza no nos dotó con la fuerza positiva, debemos “generarla” por nosotros mismos. Con ello, aprenderemos el funcionamiento de la naturaleza y podremos crear tanta fuerza positiva como necesitemos.

El “método de producción” de la fuerza positiva es muy similar a la forma en que los aparatos de radio nos permiten escuchar unas determinadas emisoras. A nuestro alrededor hay miles de ondas en distintas frecuencias, pero la radio “milagrosamente” solo emite la que elegimos. Sin embargo, no se trata de ningún milagro: es ciencia pura y dura. La radio reproduce emisoras cuyas longitudes de onda son creadas dentro de ella. Para encontrar una emisora, es necesario crear su longitud de onda específica dentro de la radio. Cuando busca emisoras, la radio crea una corriente de frecuencias para hallar una que coincida con una frecuencia fuera de ella. Cuando encuentra una coincidencia, la radio reproduce lo que está siendo transmitido en la frecuencia externa que coincide. Esto es lo que definimos como “sintonizar” con una emisora.

Del mismo modo la fuerza positiva existe a nuestro alrededor. Pero para disfrutarla, necesitamos desarrollar un “dispositivo” que pueda recibirla y revelarla. Al igual que la radio, primero tenemos que crear la fuerza positiva y luego descubrirla. Cuando “recibamos” esta fuerza positiva, implantará en nosotros el mismo equilibrio y armonía que establece en toda la naturaleza. Del mismo modo que las ondas sonoras creadas por las ondas de radio se propagan por la estancia e impactan en todos los oyentes, el equilibrio y la armonía se extenderán por toda la sociedad una vez que generemos la fuerza positiva. Nosotros no percibimos las ondas de radio, pero sentimos su impacto en nuestros oídos. Del mismo modo, aunque no percibamos la fuerza positiva, sentiremos su impacto en nuestras vidas tan pronto como la sintonicemos a través de nuestras “radios”.

Construir “receptores” de la fuerza positiva

Para generar fuerza positiva, se necesitan personas que estén dispuestas a superar el distanciamiento y el rechazo hacia los demás para unirse. El rey Salomón denominó esta técnica “El odio despierta rencillas, y el amor cubre todas las transgresiones” (Proverbios 10:12).

Cuando los miembros del Movimiento Arvut (responsabilidad mutua), cuyas ideas sobre el concepto de vinculación humana son las que se describen en la sabiduría de la Cabalá, decidieron llevar a la práctica el principio de “unión por encima de la aversión”, descubrieron un sencillo método de deliberación llamado Círculos de Conexión, sus resultados fueron sensacionales. Un Círculo de Conexión es una forma de debate en la que todos los participantes son iguales, hablan por turnos, no se interrumpen unos a otros y agregan a la conversación pero sin refutar las ideas de los demás participantes. Estas reglas de deliberación crean tal conexión entre participantes que se convierten en receptores de la fuerza positiva que existe a nuestro alrededor.

Cuando el movimiento Arvut llevó a cabo estos Círculos de Conexión con dos poblaciones naturalmente hostiles en un mismo círculo, los resultados excedieron las expectativas de todos. Una y otra vez, la gente demostró que cuando se sientan en un círculo como iguales y en disposición de unirse por encima de sus diferencias, las hostilidades, las barreras culturales e incluso las barreras del idioma desaparecen. Como muestran estos testimonios (en hebreo; asegúrese de que la opción subtítulos está activada), en lugar de sospecha y desconfianza, una sensación de pertenencia y calidez envolvió a los participantes después de una sola sesión.

La fuerza positiva creada en el círculo que podemos ver en el vídeo, transformó los sentimientos de los participantes. Literalmente los invirtió: de la separación a la conexión. Si esa herramienta fuera utilizada en los Estados Unidos, produciría suficiente fuerza positiva como para sanar todos los problemas sociales de los Estados Unidos, y serviría de modelo de equilibrio social y armonía para el resto del mundo.

Aprovechar recursos sin explotar

En la actual sociedad estadounidense, millones de personas tendrían un beneficio inmediato con los círculos de conexión. Los desempleados y las personas que han desistido de encontrar un trabajo son perfectos candidatos para estos círculos. En lugar de estar ociosos, pueden estar empleados como “generadores de fuerza positiva” por los mismos subsidios que, en cualquier caso, van a recibir. La transformación que experimentarían no solo cambiaría sus vidas, sino que aliviaría la presión de los ya sobrecargados servicios sociales del país. Los índices de delincuencia se reducirían significativamente y los conflictos internos serían menos frecuentes. Al final, un plan de este tipo costaría mucho menos de lo que actualmente cuesta asistir a los desempleados y se obtendrían mejores resultados.

Pero esto es solo el comienzo. En su sitio web para la transición, el presidente electo Donald J. Trump escribe: “Para hacer América grande de nuevo, aproximadamente 70 millones de estudiantes en edad escolar, 20 millones de estudiantes universitarios y 150 millones de adultos en edad laboral, la administración Trump avanzará políticas que promuevan oportunidades de aprendizaje y ganancias a nivel estatal y local”. Si la nueva administración incluye en estas políticas un círculo de conexión diario de 45 minutos, no solo producirá trabajadores cualificados: también producirá seres humanos felices.

Cuando la gente entienda su propia naturaleza y aprenda a trabajar con ella para beneficiarse a sí mismos y a sus comunidades, el resultado será el nacimiento de una nueva sociedad basada en una Nueva Economía: la economía de la conexión. Esto disipará el espectro del desempleo estructural, estabilizará la sociedad y apaciguará las tendencias descabelladas dentro de ella. En pocas palabras, hará a América grande de nuevo.

 

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