Uniting Europe

Mientras reflexionamos sobre el Holocausto, no debemos olvidar que tenemos una forma de evitar que se repita.

Hoy es el Día Internacional de la Memoria del Holocausto. Y es una oportunidad para reflexionar sobre el motivo del permanente odio del mundo hacia Israel y los judíos. Creo que nuestra comprensión de las causas del antisemitismo y la adopción de medidas adecuadas podrán evitar la repetición de otra tragedia así.

 

4287509453

Michael Laitman de niño en Vitebsk (Bielorrusia)

Yo nací en Vitebsk, una ciudad bielorrusa de tamaño medio, un año después del final de la Segunda Guerra Mundial y allí crecí. Un río atravesaba aquella apacible y pintoresca ciudad en gran parte judía, y una gran plaza conectaba las calles con el centro de la ciudad.

Durante la guerra, los nazis conquistaron la ciudad y la convirtieron en un campo de trabajos forzados. Los judíos que no huyeron a tiempo fueron asesinados. Cuando era niño, la pesantez de las consecuencias de la guerra planeaba sobre la ciudad. El Holocausto fue una gran parte de mi infancia. Y aunque no lo experimenté personalmente, ese calvario pasó a formar parte de mí.

Como en cualquier familia judía, recibí una buena educación. A los diecisiete años ya había solicitado ingresar en la prestigiosa Universidad de Leningrado (hoy San Petersburgo). Allí fue donde, por primera vez, me encontré con el antisemitismo cara a cara. En un primer momento rechazaron mi incorporación a la universidad debido a mi ascendencia. No obstante, al final ganó mi insistencia y fui aceptado.

Sabía que había antisemitismo en mi país, pero sentirlo directamente contra mí me hizo cambiar. Decidí hacer aliyá, emigrar a Israel. Durante cuatro años fui un refusenik (un judío al que se le denegaba el permiso para emigrar de la Unión Sovietica a Israel). Cuando en 1974 por fin recibí mi permiso de salida, abandoné la URSS en menos de 48 horas.

¿Cuál es el sentido de mi vida?

Cuando llegué a Israel era un científico joven y lleno de curiosidad. Busqué un trabajo en mi campo de especialización, la biocibernética, pero al mismo tiempo seguía preguntándome por el antisemitismo. Me molestaba que los judíos fueran odiados por todo el mundo y eso me hacía preguntarme por el sentido de la vida en general.

Naturalmente, para obtener respuestas, primero busqué en la ciencia. Salí con las manos vacías. La ciencia da respuesta al “cómo” pero no al “por qué”.

No sentía inclinación hacia el misticismo ni lo oculto, así que evité las enseñanzas orientales y diversas técnicas psicológicas. Sin embargo, la búsqueda de respuestas me hacía sentir aún más deseoso de llegar a la verdad.

Comencé a indagar en el judaísmo ortodoxo. Asistí a numerosas conferencias y seminarios, estudié con varios rabinos y leí cientos de libros. Aun así no lograba entender el sentido de la vida, pero empecé a sentir que en algún lugar dentro del judaísmo estaba la respuesta a mis preguntas.

Una lluviosa noche en febrero de 1979, conduje con un amigo mío hasta Bnei Brak, ciudad ortodoxa cerca de Tel Aviv, con la esperanza de encontrar un maestro de Cabalá. En una encrucijada en la calle principal, pregunté al único hombre que encontré bajo la lluvia si él sabía dónde podría encontrar un cabalista por los alrededores. En aquel entonces, los judíos ortodoxos no se atrevían a mencionar la palabra “Cabalá”, menos aún preguntar dónde se podía estudiar y todavía mucho menos dirigir a otras personas a esos lugares. Sin embargo, ese hombre dijo con aire despreocupado: “Gire a la derecha y vaya hasta el final de la calle. En la última casa, cerca del huerto, enseñan Cabalá”.

Seguí sus indicaciones. Y encontré aquello que había estado buscando: la sabiduría que responde a la pregunta sobre el sentido de la vida. Dentro de aquella casa estaba Rabí Baruj Shalom Halevi Ashlag (Rabash), primogénito del cabalista más grande del siglo XX, el Rav Yehuda Leib Halevi Ashlag, autor del comentario Sulam (escalera) sobre El Zóhar, gracias al cual sería conocido como Baal HaSulam (autor de la escalera). Durante doce años estudié con RABASH. Él me enseñó todo lo que sé sobre el sentido de la vida, el sentido de la existencia de los judíos y el antisemitismo. Hasta el día de hoy, las nociones que divulgo en mis columnas y publicaciones en el mundo entero son las que aprendí de él, quien a su vez las había aprendido de su padre, Baal HaSulam.

¿Qué causó el Holocausto?

Nuestros sabios resumieron lo que descubrí en la Cabalá en estas palabras: “Ninguna calamidad llega al mundo sino por causa de Israel” (Yevamot, 63a). A lo largo de los siglos, los grandes líderes judíos divulgaron en la medida que pudieron este mensaje. Lo hicieron para recordarnos el único remedio que puede protegernos frente a los problemas: el poder de la conexión. Rabí Kalman Kalonymus escribió en Maor va Shemesh (Luz y Sol). “Cuando hay amor, unidad y amistad entre Israel, ninguna calamidad puede sobrevenirles”. Asimismo, Rabí Shmuel Bornsztain escribió en Shem mi Shmuel (Un nombre de Samuel): “Cuando Israel son como un solo hombre con un solo corazón, son como una muralla contra las fuerzas del mal”. Del mismo modo, Rabí Yehuda Leib Arieh Altar, el ADMOR de Gur, recalcó en Sefat Emet (Lengua de la verdad): “La unidad de Israel provoca grandes salvaciones y elimina a todos los calumniadores”.

 

Muchos otros grandes líderes también recalcaron la conexión entre Israel, la paz y el mundo. Rav Kook declaró en Orot Kodesh (Luces de santidad), vol. 2: “En Israel está el secreto de la unidad del mundo” En Likutey halajot (Miscelánea de reglas), Rabí Najman de Breslov, de manera similar a otros sabios judíos, escribió: “La esencia de la corrección es tener unidad, amor y paz en Israel”. El Midrash (Tanjuma, Devarim [Deuteronomio]) afirma también: “Israel no será redimido hasta que todos estén en un solo haz”.

Cuanto más ahondaba en los textos, más me daba cuenta de que un simple mensaje los conectaba: Amar a tu prójimo como a ti mismo, el amor fraternal y la solidaridad mutua son las claves para la seguridad y la prosperidad de Israel.

Israel determina el estado y el destino del mundo

Gracias a mis estudios aprendí que la unidad de Israel determina mucho más que el estado y el destino del pueblo judío. Aprendí que cuando nos unimos por encima de nuestros conflictos y disputas, desencadenamos una fuerza positiva que se encuentra en toda la naturaleza salvo en la humanidad. Esa fuerza mantiene el equilibrio por toda la naturaleza y su ausencia entre nosotros provoca que la sociedad humana caiga en los estragos narcisistas que podemos ver a nuestro alrededor. En la “Introducción al estudio de las diez Sefirot”, Baal HaSulam denominó esta fuerza “luz que reforma” y explicó cómo puede equilibrar nuestra naturaleza egocéntrica y por consiguiente curar a la sociedad humana.

Abraham el Patriarca fue el primero en descubrir y revelar a otros esta fuerza. Enseñó a sus discípulos y descendientes a elevarse por encima de sus diferencias de forma que pudieran activar esta fuerza positiva; y por eso, hasta nuestros días, él representa la misericordia y la compasión.

También Moisés deseó revelar al mundo esta fuerza correctora. El gran Ramjal, en su libro Comentario del Ramchal sobre la Torá, escribió: “Moisés quiso completar la corrección del mundo en aquel momento, pero no lo logró debido a las corrupciones que se produjeron a lo largo del camino”.

Nuestra singular unidad al pie del Monte Sinaí, cuando nos comprometimos a ser “como un solo hombre con un solo corazón”, nos confirió no solo nuestra personalidad, sino también la misión de ser “una luz para las naciones”. La “luz” que se nos encomendó transmitir es precisamente ese método de unidad por encima de las diferencias, que activa la luz que reforma y genera amor y paz donde antes solo había odio.

Durante muchos siglos nuestros antepasados perseveraron para mantener la unidad por encima de su egoísmo en aumento. Pero hace dos mil años, sucumbieron al odio infundado y fueron exiliados de la tierra. Desde entonces, carecemos de la capacidad de ser una luz para las naciones porque hemos perdido nuestra unidad. Y ahí es donde comienza el antisemitismo tal como lo conocemos ahora.

En la actualidad, el creciente odio hacia los judíos debe ser un recordatorio de nuestra tarea. Nada nos gustaría nada más que eludirla, pero no tenemos esa opción. El mundo solamente dejará de odiarnos y culparnos de todos sus problemas cuando reavivemos el amor fraternal que hace siglos cultivamos entre nosotros y compartamos con todos el método para lograrlo.

Nos guste o no, nuestra unidad determina el estado del mundo y su destino. A través de nuestra unidad hacemos posible que el mundo se una, ya que somos para el mundo el conducto de esa fuerza positiva y unificadora que tanto necesita. Y por el contrario, nuestra separación priva a la humanidad de esta fuerza y desata en su interior el odio hacia los judíos. Esto es lo que causa la hostilidad de las naciones hacia nosotros y la razón de que nos perciban como la fuente de todo mal.

En su ensayo “La solidaridad mutua”, Baal HaSulam escribe: “La nación israelí fue creada como un conducto (…) en la medida en que se purifiquen [del egoísmo], transfieren su fuerza al resto de las naciones”.

Recordar la unidad

El Día Internacional en Memoria del Holocausto rememora algo más que una tragedia. Es una oportunidad para reflexionar sobre la causa del antisemitismo y recordar que tenemos un método de conexión, una forma para impedir que se repitan las atrocidades.

No hay duda de que hoy por hoy, nosotros, los judíos, somos una nación dividida. Pero ahora que el antisemitismo se intensifica por todo el mundo, debemos esforzarnos por conectar por encima de nuestras diferencias y activar la fuerza positiva que nos unirá a nosotros, unirá al mundo y erradicará todo odio. Ha llegado el momento de ser “ luz para las naciones”. Ha llegado el momento de traer unidad a Israel, y con nuestro ejemplo, paz y sosiego para el mundo.

Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on Google+1Share on LinkedIn0
Author :
Print

Leave a Reply