Uniting Europe

Solo cuando EE.UU. retome la defensa de todos los puntos de vista –y no simplemente todos los colores y religiones– podrá abrir cautelosamente sus puertas a los inmigrantes.

 

Antes de las elecciones que han llevado a Donald J. Trump al Despacho Oval, la prensa se hacía una pregunta: “¿Qué ocurrirá si Donald Trump pierde?”. El reportero de Los Angeles Times Doyle McManus ni siquiera imaginaba que Trump podía ganar. En vez de ello, llegó a la conclusión de que tras la derrota de Trump, “no parece probable que Trump simplemente desaparezca”. Los liberales progresistas han controlado la Casa Blanca (incluso cuando han llegado desde el Partido Republicano) durante tantos años que la posibilidad de la derrota nunca se pasó seriamente por sus cabezas.

Y sin embargo, creo que la mayor “revelación” de estas elecciones no es la victoria de Trump, sino la reacción que están teniendo millones de personas que se proclaman liberales y progresistas. El beneficio más evidente e inmediato del resultado de las elecciones es que se está revelando de la verdadera faz del “liberalismo progresista”. Las protestas orquestadas por un veto a la inmigración, que el propio Obama implementó hace seis años por el doble de tiempo que el veto de Trump, es un intento hipócrita de deslegitimar a Trump y caracterizarlo como un presidente despiadado e imprudente. Desde 2011, el gobierno de Obama ha asesinado a decenas de miles de musulmanes en los países cuyos ciudadanos ahora buscan asilo. También mató a sus líderes y destruyó sus sistemas de gobierno, creando la base perfecta para el surgimiento del autoproclamado Estado Islámico. ¿Dónde estaban los “liberales progresistas” cuando Obama hacía todo eso? ¿Dónde estaban cuando prohibió la entrada de refugiados en 2011?

Es más, todo lo que los demócratas decían que temían de los partidarios de Trump si este perdía, todo eso y mucho más, lo están haciendo ellos mismos. ¿Cómo pueden proclamar ser “liberales progresistas” una turba de alborotadores llenos de odio que rompen escaparates y aplauden las ensoñaciones de grandes estrellas de hacer estallar la Casa Blanca? ¿Qué hay de democrático en su conducta?

En mayo del año pasado, el aclamado autor y periodista liberal progresista, Nicholas Kristof, escribió una columna en The New York Times titulada “Una confesión de la intolerancia liberal”. Según Kristof, “Nosotros, los progresistas, podríamos dejar por un momento de atacar al otro lado e incorporar más ampliamente los valores que supuestamente valoramos –como la diversidad– en nuestros propios ámbitos”. Hoy podemos comprobar los desalentadores y violentos resultados de esta petición.

Hace unos días, recibí un correo electrónico de un estudiante que vive en el noreste de Estados Unidos. El estudiante, que fue educado en un hogar progresista, prefirió no mostrar su nombre por miedo a las represalias de los “liberales” y “progresistas”. He aquí un fragmento de lo que él escribió:

 

Toda una generación ha sido educada en una fantasía [título del estudiante]

Crecimos en esta burbuja liberal progresista: una tierra de fantasía. Nuestras clases de inglés requerían la lectura de libros progresistas que defendían la difícil situación de las minorías inmigrantes mientras condenaban al occidental como eterno antagonista.

Me gusta pensar que tengo una moral decente. No me complace estar en desacuerdo con la mayoría. A las personas les aterra decir que no son progresistas. Las universidades y las escuelas nos infundieron la noción de que los no progresistas son racistas, atrasados, blancos, viejos, de género masculino y fanáticos.

En este momento, lo que veo en la izquierda progresista es el nuevo fascismo. Son el grupo menos comprensivo en este país. De algún modo, hemos llegado a un punto donde todo lo que importa en la sociedad es ser políticamente correcto. Todo es racista. Jerry Seinfeld hizo una broma sobre su amigo cuyo apellido es Black. Dijo “la vida de Black [negro] importa”. Fue divertido, sin embargo, casi crucifican a Seinfeld por racismo. Es enfermizo.

Soy progresista. Defino el progresismo como una apertura a todas las opiniones. Poner todo en tela de juicio. También me veo a mí mismo como un triunfador de los oprimidos. Los oprimidos ahora son los votantes de Trump. La gente que no está representada por Hollywood, los medios de comunicación, o las instituciones financieras y tecnológicas, donde los inmigrantes con visa H-1B tienen todos los trabajos bien remunerados.

Estoy realmente alarmado por la desconsideración de esta generación hacia todo aquel que tiene una opinión diferente a la suya. Por supuesto, Trump no siempre tiene razón. Pero lo de la izquierda es una auténtica pataleta y esta generación está viviendo ahora algo tremendamente desagradable: ¡tienen derecho y están tristes!

Un fallo inherente

A finales de la década de 1940, Baal HaSulam –padre de mi maestro y autor del comentario Sulam (escalera) sobre El Zóhar– en su compendio Los escritos de la última generación escribió acerca de los problemas inherentes a la democracia. Según Baal HaSulam, “No debemos teorizar a partir de las democracias modernas, ya que utilizan diversas tácticas para engañar al electorado. Cuando este se vuelva más lúcido y entienda la astucia de ellos [los líderes], la mayoría elegirá indudablemente un gobierno en consonancia con su espíritu. Y su principal táctica es que primero se crean una buena reputación de cara al público y se promueven como sabios o justos; luego el público lo cree y los eligen. Pero una mentira no perdura para siempre”.

El ejemplo de la democracia americana como mecanismo de explotación es la prueba de que el análisis de Baal HaSulam da justo en el clavo. Ahora bien, sin las medidas adecuadas para corregir este comportamiento destructivo, no veremos ningún cambio; no hasta que la mayoría de los estadounidenses se encuentren desamparados y luchando por sobrevivir mientras que la élite nada en la abundancia y arenga a la “plebe” sobre los valores americanos.

La clave para un pluralismo exitoso

Un gobierno donde los líderes están en el cargo por un plazo de tiempo determinado y relativamente corto necesita ciertas condiciones previas para tener éxito. Por un lado, el límite del plazo garantiza que ningún líder se convertirá en un monarca. Por otro lado, el hecho de que cada cuatro años haya una campaña electoral, garantiza que cada cuatro años los candidatos van a competir para lograr fondos para la campaña y buscarán el beneficio de sus grandes donantes. Esto los convierte inevitablemente en rehenes, los deja en manos de poderosos grupos de presión y de individuos que tras las elecciones exigen su retribución y no les importa el interés público. El resultado de un sistema tan defectuoso, como hemos podido comprobar a lo largo de las últimas décadas, es una sucesión de presidentes títeres que bailan al dictado de sus financiadores y donantes. Estas élites ricas son las que verdaderamente gobiernan los Estados Unidos, y todo lo demás es un “reality show”.

Hoy, los jefes de estado no salen elegidos a no ser que se anuncien como un producto y que el público “compre” las historias que se venden acerca de ellos. Es como Baal HaSulam expresaba en el pasaje antes citado: “su principal táctica es que primero se crean una buena reputación de cara al público y se promueven como sabios o justos”. En tal estado, el presidente no es elegido sobre la base de una gestión sino sobre la base de sus capacidades para la actuación teatral y su cordialidad. ¿Son estos los criterios correctos para elegir al líder de una nación?

Para poder elegir buenos líderes, las personas deben definir qué desean ver en un líder. Si de corazón albergan aquello que beneficie a toda la nación, entonces elegirán a líderes basándose en el beneficio de todo el país. En el caso de América, para que la gente tenga esa amplitud de miras, tienen que preocuparse por Estados Unidos, y sobre todo, por el pueblo estadounidense, todos los estadounidenses.

Las brechas son puentes

En esta era tan egocentrista, la única manera de restaurar la estabilidad en la sociedad americana es aprender a aceptar el pluralismo en lugar de rechazarlo. Cualquier empresa que desee triunfar, cualquier equipo deportivo que quiera ganar un campeonato y todos los sistemas de la naturaleza, incluyendo nuestros propios cuerpos, solamente funcionan cuando los elementos contradictorios se apoyan entre sí en lugar de enfrentarse unos a otros. Si el hígado y el corazón tuvieran que luchar por la sangre, porque ambos la necesitan para sobrevivir, moriríamos. Pero su manera de funcionar complementándose nos garantiza un flujo de sangre libre de toxinas para todo el cuerpo.

Del mismo modo, cada persona en la humanidad tiene su importancia: la salud y la fuerza solo se logran cuando nos unimos por encima de nuestras diferencias, y no cuando nos consumimos tratando de ser el último que queda en pie. Esta constante batalla que estamos librando entre nosotros es exactamente cómo se comporta un cáncer con el resto del cuerpo; y ya sabemos cómo termina todo: tanto para el cáncer como para nosotros.

Cuando los antiguos israelitas se unieron por encima de sus diferencias, lograron construir una nación a partir de millones de individuos separados. Y cuando se comprometieron a unirse “como un solo hombre con un solo corazón”, se les encomendó compartir el método de conexión con el resto del mundo. La Torá definió esta labor como “una luz para las naciones”: sabía que la desunión “oscurecería” la vida de las personas y que necesitarían una luz al final del túnel. Hoy, cuando la depresión, la violencia y la división azotan a toda la humanidad, la unidad aparece como una tenue luz.

Pero es precisamente en condiciones como las nuestras cuando el método de Israel para lograr la unidad puede tener éxito, porque está diseñado para un estado de animadversión entre las personas. No teme las desavenencias: las aprecia y las acepta como medios para lograr una mayor unidad y cohesión social.

Mis estudiantes de todo el mundo llevan a cabo este método, que hemos denominado “Educación Integral”. Ellos han demostrado en repetidas ocasiones que personas de distintas procedencias pueden unirse si están dispuestas a elevarse por encima de sus diferencias. No tienen que suprimir sus puntos de vista, como hoy en día les ocurre a los partidarios del Presidente, que prefieren no expresarse por temor a ser crucificados con campañas de difamación, como el caso del director general de Uber.

Creo que la estabilidad de Estados Unidos es demasiado importante para el mundo como para que haya comportamientos imprudentes. Creo que debe reinstaurar sus valores de aceptación de todos los puntos de vista, y no simplemente la aceptación de todos los colores y religiones. Solo cuando Estados Unidos haga esto podrá comenzar a abrir cautelosamente sus puertas a los inmigrantes. Ahora bien, incluso entonces debe hacerse a condición de que los inmigrantes también acepten los valores del pluralismo y la unidad como base de la democracia.

En los próximos años, los desafíos globales aumentarán y se intensificarán. La base para afrontar con éxito estos desafíos es la unidad. Si América implanta esto, saldrá exitosa. Si no, acabará como Europa.

 

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