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Donald Trump firma las órdenes que dan luz verde a los oleoductos de Keystone XL y Dakota Access. Foto: Cuenta de Twitter de Donald Trump
Donald Trump firma las órdenes que dan luz verde a los oleoductos de Keystone XL y Dakota Access. Foto: Cuenta de Twitter de Donald Trump

Los judíos estadounidenses son más relevantes que cualquier otra comunidad judía en la historia. Ellos mismos determinarán si esto acabará beneficiándolos o perjudicándolos.

Desde hace ya varios meses, he ido escribiendo sobre cómo se está revelando la naturaleza totalitaria del socioliberalismo actual, cómo se manipula al público a través de los medios de comunicación, y cómo la sociedad americana no solo debe aceptar todos los colores y etnias sino también todos los puntos de vista. Durante estos meses, la división entre demócratas y republicanos no ha hecho más que crecer. Si había alguna esperanza de que las actitudes de menosprecio hacia el otro lado, las ofensas personales y las campañas de deslegitimación disminuyeran tras las elecciones, ahora la esperanza ha desaparecido por completo. Toda la columna izquierda de la portada de The New York Times se ha convertido en una sección titulada “El quadragésimo quinto presidente” dedicada enteramente a golpear a Donald Trump y al Partido Republicano. CNN también ha creado una sección destacada en su portada llamada “La presidencia de Trump”, con la mayor parte de sus artículos dedicados al mismo propósito que la sección en The New York Times.

La información sesgada, las protestas organizadas –como en el oleoducto de Dakota– y la violencia e insultos hacia ponentes conservadores no vaticinan una moderación en la batalla de los medios y la élite financiera contra la nueva administración. Tarde o temprano, esta cuerda tensa se partirá y las consecuencias podrían ser devastadoras: desde violentos disturbios civiles hasta una guerra civil a gran escala. Todo es posible en este momento.

Y en medio de todo este balagan (caos), los judíos. Los judíos ya son los actores de más peso en ambos lados del conflicto. Y si este se vuelve violento, los judíos podrían ser los primeros en tener que asumir las consecuencias.

 

Antisemitismo profundamente arraigado

La prensa progresista a menudo argumenta que la elección de Donald Trump ha liberado elementos antisemitas de la extrema derecha, que se había mantenido relativamente tranquila hasta ahora. Tal vez sea cierto, pero insinuar que eso es lo que ha motivado el aumento del antisemitismo en los EE.UU. es un auténtico disparate. El antisemitismo ha ido creciendo en los EE.UU. y en todo el mundo desde hace años, sobre todo en los núcleos progresistas, como es el caso de las universidades estadounidenses. En febrero de 2015, el profesor Charles Asher Small, el experto más destacado en antisemitismo en los EE.UU., habló de “antisemitismo institucional” en los EE.UU., dando a entender que el propio gobierno, que en ese momento era la administración de Obama, es antisemita.

Además de lo anteriormente expuesto, el papel determinante que desempeñan algunos judíos –como George Soros– avivando la tormenta tóxica que se extiende por los EE.UU. deja a los judíos en una situación precaria. Como ha sucedido siempre a lo largo de la historia, si las cosas empiezan a ir mal en los EE.UU., se culpará a los judíos por ello y serán castigados.

Captura de pantalla de “Crossing the Line 2 – The New Face of Anti-Semitism”
Captura de pantalla de “Crossing the Line 2 – The New Face of Anti-Semitism”

 

El secreto es la conexión

Los judíos no son como los demás pueblos, y no son tratados como los demás. Incluso cuando la gente tiene la intención de agasajar a los judíos, a menudo ponen de relieve que los judíos son diferentes. Recientemente, durante su discurso en el Día de la Memoria del Holocausto, Antonio Guterres, el nuevo secretario general de la ONU, señaló el papel esencial que desempeñaron los judíos en la historia de su propio país, Portugal. Guterres lamentó la expulsión de los judíos de Portugal en el siglo XVI, y sobre la decisión de expulsarlos del rey Manuel dijo: “Fue un crimen horrible y un acto de enorme estupidez. Causó un tremendo sufrimiento a la comunidad judía y Portugal quedó despojado de gran parte de su dinamismo. En poco tiempo, el país entró en un dilatado ciclo de empobrecimiento”. Posteriormente, Guterres describió el aporte de los judíos de Lisboa a los Países Bajos, donde se habían trasladado. “Lo que Lisboa perdió Ámsterdam lo ganó”, dijo Guterres, “ya que la comunidad judía portuguesa tuvo un papel clave en la transformación de los Países Bajos como potencia económica mundial del siglo XVII”.

Menos de un siglo atrás, España había cometido el mismo error: expulsar a sus judíos poniendo fin a siglos de prosperidad en el país. Sin embargo, los judíos que huyeron de España no quedaron desamparados. El Dr. Erwin W. Lutzer y Steve Miller escriben en La cruz a la sombra de la media luna: una respuesta informada a la guerra del islam contra el cristianismo que el sultán otomano Bayaceto II estaba tan entusiasmado con la expulsión de los judíos de España y su llegada a Turquía, que “agradeció sarcásticamente al rey Fernando que le enviara algunos de sus mejores súbditos enriqueciendo así sus tierras mientras aquel empobrecía las suyas”.

Los judíos no llevaban riquezas cuando huyeron de España o cuando fueron deportados de Portugal. No robaron nada de estos países, pero su salida privó a estos países de un aspecto más valioso que cualquier metal precioso: la capacidad de establecer conexiones. El secreto judío para alcanzar el poder y la prosperidad es su capacidad de hacer conexiones y utilizarlas para sus menesteres.

No obstante, precisamente este rasgo es el que nos hace ser tan odiados. Estamos utilizando nuestra singular habilidad para nuestros planes egocéntricos, y esto es algo que el mundo no puede perdonar.

 

La recolección de los parias

La mayoría de las naciones se forjaron a lo largo de las generaciones por proximidad geográfica o afinidad biológica. No en el caso de los judíos. Nuestra nación es la creación de una idea, un modus operandi que ninguna otra nación en la historia de la humanidad ha logrado implementar. Como el propio Abraham, los antiguos hebreos eran expatriados. Huyeron de sus tribus uniéndose a Abraham cuando este les explicó su ideología: las distintas naturalezas y puntos de puntos de vista son bienvenidos siempre y cuando se empleen para el bien común. Nuestros antepasados eran individualistas: no conseguían dejar de lado sus opiniones y ser gente común y corriente. En la tienda de Abraham, encontraron la fórmulas para seguir siendo ellos mismos y al mismo tiempo conectarse.

Maimónides escribió en Mishná Torá (Capítulo 1) que Abraham fue expulsado de Babilonia cuando arguyó con Nimrod, rey de Babilonia, sobre si son múltiples fuerzas las que gobiernan el mundo o solo una. Abraham ganó el debate pero perdió su hogar. Mientras marchaba hacia Canaán, él y Sara solían hablar con todo aquel que quisiera escuchar. Acogían a todos, a los solitarios, los parias, los rechazados y abatidos: todos aquellos que no podían expresarse en sus propias sociedades. En la tienda de Abraham, aprendieron que todas las cosas son manifestaciones de una sola fuerza, y por lo tanto todas pertenecen a ella aunque a la vez son un elemento único. Allí legitimaron ser quienes eran, pero a la vez se convirtieron en parte de un todo aún mayor: la familia de la humanidad.

Los discípulos y descendientes de Abraham desarrollaron las enseñanzas de su patriarca y continuaron acogiendo a todos los que suscribían la idea de que cada uno es diferente, pero pertenece a un todo más amplio. Somos diferentes, y por eso no nos gustamos. Pero puesto que cada uno somos parte de un todo aún mayor, nos unimos. La ideología era sencilla: “El odio agita la contienda, y el amor cubre todas las transgresiones” (Proverbios 10:12).

Cuando los judíos salieron de Egipto, se estima que eran unos tres millones de personas. Y sin embargo, era la misma pauta la que se aplicaba: conexión por encima del odio. La consecuencia de sus esfuerzos por unirse por encima de las diferencias fue la revelación de una ley que les permitió unirse al más alto nivel: amar al prójimo como a sí mismo. La razón por la que recibieron esta ley que denominamos Torá precisamente a los pies del Monte Sinaí es que la palabra “Sinaí” proviene de la palabra hebrea Sinaah (odio), y la subida de Moisés por el Monte Sinaí simboliza el compromiso del pueblo para elevarse por encima de su odio mutuo y unirse.

Después de la recepción de la Torá, los judíos continuaron durante siglos perfeccionando sus técnicas para lograr la unidad. Cuando lo lograban, prosperaban; Cuando fracasaban, sufrían. Pero después de cada fracaso, siempre volvían a ponerse en pie y a unirse por encima del odio. Poco a poco, los judíos se fueron convirtiendo en los maestros de la conexión.

Mark Twain se preguntó en cierta ocasión por qué los judíos han sobrevivido como una nación especial desde la antigüedad. En su ensayo “Sobre los judíos” Twain escribe: “Surgieron los egipcios, los babilonios y los persas, llenaron el planeta de esplendor y majestuosidad, pero luego fueron languideciendo hasta finalmente desaparecer; siguieron griegos y romanos, que armaron gran alboroto, pero ya no están. El judío fue testigo de todos ellos, y a todos venció; y ahora sigue siendo lo que siempre fue. Todas las cosas son perecederas salvo el judío; todas las demás fuerzas pasan, pero él permanece. ¿Cuál es el secreto de su inmortalidad?”. El secreto es la capacidad de conectarse por encima de todas las diferencias.

El libro Likutey Etzot (miscelánea de consejos) nos dice: “La esencia de la paz es conectar dos opuestos. Por lo tanto, no te alarmes si ves a una persona cuya opinión es completamente opuesta a la tuya y piensas que nunca podrás hacer la paz con ella. O cuando ves a dos personas que son completamente opuestas entre sí, no digas que es imposible hacer la paz entre ellos. Por el contrario, la esencia de la paz es tratar de sellar la paz entre dos contrarios” con unidad por encima de sí mismos.

Del mismo modo, Eliezer Ben Yehuda, el resucitador de la lengua hebrea, escribió en Los escritos completos de Eliezer Ben Yehuda (Vol. 1): “Aún tenemos que abrir los ojos y ver que solo puede salvarnos la unidad. Solo si todos nos unimos (…) para trabajar en beneficio de toda la nación, entonces nuestro trabajo no será en vano”. Asimismo, A.D. Gordon, el principal ideólogo del sionismo, afirmó en Luz de vida en el día de la pequeñez: “‘Todos Israel es responsable el uno del otro’ (…) Solo cuando somos responsables unos de otros existe Israel. Además, todas las personas son responsables unas de otras, y solo cuando las personas son responsables unas de otras puede existir un pueblo (y puede existir una nación, una nación humana). Si no hay nadie que sea responsable unos de otros, ¿qué es lo que hay? Nosotros, que venimos a construir [el Estado de Israel], ciertamente no construiremos sobre la base de las relaciones en la generación de la separación [la generación de Babilonia, cuando la gente se dividió]”.

Y, por último, una cita de Winston Churchill, el gran estadista británico, que se recoge en Churchill y los judíos: “Los judíos eran una comunidad afortunada porque tenían ese espíritu corporativo, el espíritu de su raza y fe. (…) Esa fuerza especial que poseen es lo que les permitiría dar vitalidad a sus instituciones, ninguna otra cosa podría dársela”.

 

Por qué nos culpan las naciones

Hace aproximadamente dos mil años, perdimos la habilidad de conectar por encima de nuestras diferencias. Caímos en un odio infundado y por lo tanto dilapidamos nuestra capacidad de ser “una luz para las naciones”, los mensajeros de la conexión por encima de las diferencias. Debido a ello, perdimos también nuestra tierra y nos mezclamos con las naciones.

Sin embargo, en vez de usar nuestra capacidad de conectar para consolidar la sociedad, comenzamos a usarla en beneficio propio. Nuestra capacidad de conexión nos hizo más perceptivos, ágiles y sociables que cualquier otra nación. ¿Quién puede extrañarse entonces de que siempre estemos en medio de todos los acontecimientos? Nos conectamos a las personas y ayudamos a otros a conectar entre sí. Pero a diferencia de nuestros antepasados, solo lo hacemos si hay algún beneficio en ello para nosotros. Lógicamente, la gente nos teme, nos admira, quiere estar cerca de nosotros y siente aversión por todos nosotros; todo ello a la vez. Y cuando las cosas salen mal porque las personas no consiguen llevarse bien –y esta es la única razón por la que las cosas salen mal– culpan por ello a los judíos. Nosotros, los judíos, los supuestos expertos en conexión, les hemos fallado; y por eso nos expulsan o nos matan.

Viviendo en tiempos históricos

En la actualidad, la comunidad judía estadounidense está más envalentonada y es más vehemente que cualquier otra comunidad judía de la historia. Los judíos son figuras destacadas en Wall Street, en la industria cinematográfica y televisiva, internet y redes sociales y, por supuesto, en la política. Si la sociedad americana se quebranta y surge el caos, la culpa caerá sobre los judíos. La única forma de evitar una tragedia de proporciones épicas es aproximase a sus hermanos al otro lado del mapa político y decir: “Sí, estamos en desacuerdo. Y sí: nos odiamos a muerte. Pero vamos a conectarnos por encima de todo esto”.

Los judíos deben tomar la iniciativa: aún siguen siendo los expertos de la conexión. Ahora solo tienen que preocuparse de utilizarlo en beneficio de la sociedad y no en beneficio propio. De ese modo se convertirán en “una luz para las naciones”, mostrando a una nación destrozada cómo ir más allá de todas las disputas y hallar una nueva fuerza en la conexión, tal como hicieron nuestros antepasados.

Vivimos momentos históricos. Por lo general, los momentos históricos conllevan terribles derramamientos de sangre. Pero podemos hacer que esta vez sea diferente. Podemos llevar a nuestra sociedad global a una era de paz, no porque un lado haga desaparecer al otro, sino porque ambas partes han decidido aportar su singularidad para el éxito de la sociedad en su conjunto. La aldea global, de la que todos formamos parte, puede convertirse en un paraíso terrenal o en un infierno. Solo depende de lo que decidan los judíos: ir por encima de sus diferencias y unirse con sus hermanos, o no.

 

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