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Hoy por hoy, los Estados Unidos son una réplica de la perpleja Shushán. Y nosotros, los judíos, decidiremos si la historia termina con un milagro o no…

“La ciudad de Shushán [Susa] estaba perpleja”. Si hay un verso de El libro de Ester que refleje el estado actual del judaísmo norteamericano, del Estado de Israel y el de la humanidad, debe ser este. Han pasado casi dos meses desde las elecciones, y todavía hay más preguntas que respuestas. ¿Trump se lleva bien con Putin o no? ¿Es auténtico este desenfreno del antisemitismo en los EE.UU. o es una artimaña de la que se están sirviendo los demócratas para difamar al presidente Trump? ¿O tal vez son los demócratas los verdaderos antisemitas y han dejado de esconderse? Analizamos las noticias para estar al tanto de lo que está pasando, pero no podemos estar seguros de que no nos estén proporcionando noticias falsas. ¿Cómo tomar decisiones calculadas y racionales en la era de la posverdad? El libro de Ester proporciona algunas las respuestas.

Los judíos de Shushán y los judíos de Berlín

No es casualidad que nos acordemos de Hamán cuando el antisemitismo acecha. No es solo que Hamán deseara destruirnos, como los antisemitas de hoy en día, sino que la táctica con la que aquella amenaza “se convirtió en todo lo contrario” –tal como nos relata la historia (Est 9: 1)– es la misma que debemos implementar hoy.

Recientemente, el rabino Abraham Cooper sugirió en The Jewish Journal: “Izquierda y derecha deben unirse contra el odio antisemita”. Danny Danon, delegado permanente de Israel ante las Naciones Unidas, utilizó un tono semejante cuando instó a los “judíos a unirse contra el antisemitismo”, porque “si nos unimos como pueblo y comunidad, puede tener una auténtica repercusión”. “El amor y la unidad”, nos dice el libro Maor VaShemesh, son nuestra “principal defensa contra la calamidad”.

Hay un estrecho vínculo entre la unidad judía, o la falta de ella, y el aumento o disminución del antisemitismo. En 1929, el Dr. Kurt Fleischer, líder de los socioliberales en la Asamblea de la Comunidad Judía de Berlín, afirmó que “el antisemitismo es el azote que Dios nos envía para congregarnos y unirnos”. En otras palabras, el Dr. Fleischer creía que si los judíos hubieran estado en unidad, no hubiera habido antisemitismo en Alemania.

Cuando Hamán se acercó por primera vez al rey Asuero y comenzó a argumentar para destruir a los judíos, subrayó: “Hay cierto pueblo esparcido en el extranjero y disperso” (Est 3: 8). Como antídoto contra el amenazador decreto para destruir a los judíos, lo primero que Esther ordenó a Mordejay fue: “Ve y reúne a todos los judíos” (Est 4:16).

Los judíos de Shushán escucharon a Mordechay y, hasta hoy, celebramos su victoria. Los judíos de Berlín no escucharon; y también hasta hoy conmemoramos el trágico destino de nuestras familias y seres queridos en el Holocausto. Nadie puede decir que en América hoy no hay suficientes señales de aviso.

Una casa construida para resistir los huracanes

Hay una buena razón por la que la unidad es tan vital para nuestra existencia. Abraham, el ancestral patriarca de nuestra nación, forjó nuestro pueblo en Babilonia cuando observó que los babilonios se distanciaban cada vez más unos de otros y se volvían más egocéntricos. El libro Pirkey de Rabí Eliezer (Capítulo de Rabí Eliezer) describe cómo los constructores de la Torre de Babel solían “subir los ladrillos [para construir la torre] desde el este, para luego descender por el oeste. Si un hombre caía y fallecía, no le prestaban ninguna atención. Pero si caía un ladrillo, se sentaban y sollozaban: ‘¡Ay de nosotros! ¿Cuándo vendrá otro en su lugar?’”. Finalmente, el libro prosigue, los babilonios “querían hablar entre sí, pero no conocían el idioma del otro. ¿Qué hicieron? Cada uno tomó su espada y lucharon unos contra otros hasta la muerte. De hecho, medio mundo fue masacrado ahí, y de allí se dispersaron por todo el planeta”.

En un intento de salvar a los babilonios, Abraham desarrolló un método para conectar a las personas. Se dio cuenta de que el egoísmo de sus hermanos se intensificaba antes de que pudieran amansarlo. Así que, en vez de tratar de frenarlo, sugirió que utilizaran su ego a modo de palanca para aumentar su conexión. Abraham enseñó a los babilonios que, siempre y cuando comprendamos que la unidad de nuestro pueblo es lo más importante, el ego en realidad nos fortalece, ya que nos obliga a intensificar nuestros esfuerzos para unirnos por encima de él. Del mismo modo que una casa construida para resistir un huracán es mucho más fuerte que una casa construida para resistir una brisa vespertina, la unidad que se construye para mantener a las personas unidas a pesar de sus feroces egos, es mucho más fuerte que la unidad que se construye para mantener juntas a personas que no están enemistadas.

El Midrash (Bereshit Rabá) nos dice que las ideas de Abraham encontraron una gran resistencia y que Nimrod, el rey de Babilonia, acabó expulsándolo de su tierra natal. Sin embargo, el exilio no disuadió a Abraham de seguir promoviendo sus ideas. Junto con Sarah, su esposa, enseñaba a todo aquel que deseara aprender acerca de la unidad por encima de aquellos crecientes egos. Poco a poco, escribe Maimónides en Mishná Torá, ambos reunieron en torno a ellos decenas de miles de personas, todas ellas versadas en el método de la unidad por encima de la enemistad.

Cuando los descendientes del grupo de Abraham salieron de Egipto bajo el liderazgo de Moisés, tuvieron lugar cuatro eventos sustanciales e interdependientes:

1) Se comprometieron a ser “como un solo hombre con un solo corazón”;

2) A consecuencia de su compromiso, fueron instaurados como nación;

3) Se les entregó la Torá, cuya esencia es “ama a tu prójimo como a ti mismo”;

4) Se les encargó ser “una luz para las naciones”.

En otras palabras, en cuanto los hebreos se convirtieron en nación, se les encomendó ser el modelo a seguir para todas las naciones.

La excepcional manera en que se formó nuestra nación, nos confirió también una cualidad excepcional. Los primeros hebreos no salieron de un clan o tribu específica, ni de un lugar en concreto. Eran individuos que sentían, al igual que Abraham, que algo iba a peor en sus sociedades y buscaban respuestas a lo que estaba sucediendo. Cuando Abraham compartió con ellos su método para unirse por encima del ego, se sintieron identificados con ello y se quedaron con él. Así se formó la nación judía, estrictamente en torno a una idea compartida: la unidad por encima de la enemistad como principio clave en sus vidas. Por eso solamente se convirtieron en una nación cuando alcanzaron la unidad total, plasmada en su compromiso de ser “como un solo hombre con un solo corazón”.

El ego es un activo, si usted sabe cómo usarlo

El estallido de egoísmo en Babilonia no fue un incidente aislado. Lo cierto es que forma parte del proceso de desarrollo de los deseos humanos. Nuestros sabios lo describieron con su famoso axioma: “Un hombre no deja este mundo con la mitad de su deseos en su mano. Al contrario, si tiene cien, quiere tener doscientos, y si tiene doscientos, quiere tener cuatrocientos” (Kohelet Rabah 3:13).

Hay una muy buena razón para el desarrollo del egoísmo humano y es que nos permite mejorar nuestra unidad y establecer florecientes sociedades cuyos miembros comprendan las fuerzas elementales en la naturaleza: dar y recibir. Del mismo modo que Abraham descubrió esto cuando observó el egoísmo de sus conciudadanos, sus discípulos continuaron experimentando estallidos de ego y desarrollando el método de conexión mientras cubrían su odio con unidad y amor a los demás. El rey Salomón culminó la esencia de este método con las palabras del proverbio: “El odio agita la contienda, y el amor cubre todas las transgresiones” (Proverbios 10:12).

El exilio de Babilonia, donde tiene lugar la historia de Ester, marca un punto de inflexión en la historia de nuestro pueblo. Los judíos estaban dispersos y desunidos, como dijo Hamán, y por lo tanto, en su opinión no tenían derecho a existir, ya que su cometido era ser un modelo de unidad, “una luz para las naciones”. Los judíos estuvieron a salvo sola una vez que se unieron; con ello revocaron el decreto de Hamán y, al final, incluso ganaron de nuevo la Tierra de Israel.

En 1950, mi maestro, Rav Baruj Ashlag (RABASH), escribió estas acertadas palabras de su padre, el gran comentarista de El Zóhar, el Rav Yehuda Ashlag (Baal HaSulam), que resumen la implementación del método judío en Shushán: “Hay cierto pueblo esparcido en el extranjero y disperso entre los pueblos. Hamán dijo que, en su opinión, podría destruirse a los judíos porque están separados unos de otros. Por esta razón, Mordejay fue a corregir esa falta, como se explica en el versículo, ‘los judíos se reunieron’ etc., ‘para congregarse y defender sus vidas’. En otras palabras, se salvaron uniéndose”.

Shushán de nuevo

Hace unos dos mil años, nos enfrentamos a unas circunstancias similares: la desunión nos estaba descomponiendo desde dentro. No nos enfrentamos a una amenaza de exterminio, sino solamente a una de expulsión; de modo que no nos unimos y no volvimos a recrear el milagro de Purim. Entonces, fuimos exiliados y dispersados por todo el mundo.

En Europa, durante la década de 1930, ni siquiera la amenaza de exterminio logró que nos uniéramos y sucedió lo inevitable. Ahora que una ola de odio similar se extiende por el planeta, el Libro de Ester y el Holocausto son dos ejemplos de lo que nos ha traído la historia. El primero muestra lo que puede lograr la unidad, y el segundo demuestra lo que sucede cuando estamos separados.

Las naciones no nos dejarán en paz hasta que nos convirtamos en un modelo de unidad por encima de la enemistad: “una luz para las naciones”. Cuanto más se apodera el ego del mundo, más buscará un método de corrección la humanidad. Y lo buscarán en la nación cuya tarea consiste en proporcionarles precisamente eso. Cuanto más nos retrasemos en proporcionarlo, más molesto se sentirá el mundo con nosotros. No importa que hayamos olvidado el significado y el propósito de la unidad. Ellos sienten que la clave del odio que sienten unos por otros, de algún modo, se encuentra en nosotros; aunque no aciertan a saber cuál es esa clave.

Nosotros, por otro lado, tenemos la simiente de la unidad en nuestro interior. Esta es la razón por la cual, como mencioné anteriormente, muchos judíos están haciendo un llamamiento a la unidad como remedio para el antisemitismo. Nuestra unidad no solo hará que remita el odio a los judíos: hará que remitan los odios. La aversión de las personas hacia los demás proviene solamente del ego. Cuando el ego se cubre con amor –como dijo el rey Salomón– disipa todo los odios.

En estos días de Purim, no solo debemos recordar un milagro que ocurrió tanto tiempo atrás y gracias al cual se nos permite por un día comprobar nuestro límite de ingesta de alcohol. Sobre todo debemos reflexionar acerca de lo que este milagro significa para nuestra nación, qué significa para el mundo entero y cómo podemos usar sus enseñanzas en el hostil panorama actual. La América contemporánea es como otro Shushán perplejo, y nosotros, los judíos, decidiremos que la historia termine como lo hizo con Mordejay o, Dios no lo quiera, que termine de otra manera.

 

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