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No es Israel lo que no le gusta a los israelíes: es la chispa de unidad dentro de ellos.

Si usted es de los que creen en las encuestas –y eso ya es toda una cuestión de por sí– entonces, Israel es un lugar realmente feliz. Según el informe mundial sobre la felicidad 2017 Israel es el 11º país más feliz del mundo. El profesor Jeffrey Sachs, economista y asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas, dijo en referencia al informe: “Los países felices son los que tienen un buen equilibrio entre prosperidad y capital social, es decir, un alto grado de confianza en la sociedad, baja desigualdad y confianza en el gobierno”. Si Israel, que se ha mantenido en esta posición durante los últimos tres años, es un lugar tan maravilloso para vivir, puntuando más alto que Alemania, Japón, los EE.UU. o el Reino Unido, ¿por qué otras encuestas muestran que “más de un tercio de los israelíes saldrían del país si pudieran”?

El problema de los israelíes no es con Israel, sino con los otros israelíes que viven allí. Dicho de manera más sencilla: no podemos soportarnos. Y no solo muchos israelíes que viven en Israel desean vivir en el extranjero, sino que los israelíes que han emigrado acaban más asimilados en el extranjero que cualquier otra facción del judaísmo. Al parecer, los israelíes que viven en el extranjero quieren desvincularse del judaísmo por completo.

Por qué el odio a sí mismo

La nación judía es diferente a cualquier otra nación. Las naciones generalmente se forman a partir de una cultura o de una etnicidad en común o a partir de ambas. La nación judía es exactamente lo contrario. El Midrash (Bereshit Rabah) y Maimónides (Mishná Torá) nos proporcionan detalladas descripciones sobre cómo se formó nuestro pueblo. Según Maimónides, “Abraham empezó a convocar al mundo entero (…) deambulando de pueblo en pueblo y de reino en reino hasta que llegó a la tierra de Canaán (…) Y cuando se congregaron en torno a él y le preguntaron acerca de sus palabras, él a todos enseñaba”.

Abraham les enseñó a unirse. Dado que las personas que acudieron a Abraham no compartían ni lazos biológicos ni una vinculación geográfica, lo único que tenían en común era su lealtad a la idea de unidad. Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés: todos ellos instruyeron al pueblo de Israel acerca de la unidad. Cuando huyeron de Egipto bajo el liderazgo de Moisés, todavía no eran un pueblo. Obtuvieron ese estatus únicamente cuando aceptaron existir “como un solo hombre con un solo corazón”.

En ese momento, no solo se les dio la denominación de “nación”, sino que además recibieron el encargo de transmitir su singular “adhesivo nacional”. En palabras de la Torá, se les encargó a ser “una luz para las naciones”. Los primeros judíos sabían que su misión consistía en compartir el método de unidad con el mundo, del mismo modo que Abraham trató de enseñar a todos sus conciudadanos en Babilonia antes de partir a la tierra de Israel.

Durante unos dieciocho siglos, el pueblo israelita alimentó y desarrolló su método de conexión. Pasando por pruebas extremas, sintetizaron la esencia de la ley judía en unas pocas palabras. Como indicó el viejo Hillel: “Todo aquello que odias, no se lo hagas a tu prójimo; esta es la totalidad de la Torá”(Shabat, 31a).

En la época de la destrucción del Templo y el exilio de la tierra de Israel, Rabi Akiva trató de enseñar a aquellos que aún no habían sido consumidos por las disputas internas. Y afirmó: “Ama a tu prójimo como a ti mismo; esta es la gran ley de la Torá” (Talmud de Jerusalén, Nedarim, 30b).

Por desgracia, el odio prevaleció entre nosotros y el pueblo judío tuvo que dispersarse por todo el mundo. Con respecto a la esencia del judaísmo, que es el amor a los demás, en aquel momento dejamos de ser judíos. Sentimos más odio unos por otros, mucho más que antes de que Abraham nos uniera. Ahora, nuestro distanciamiento original, la animadversión actual y la abrumadora misión de ser una luz para las naciones hacen que nuestro odio a los demás sea vehemente y profundo.

Para entender el nivel del odio entre los judíos en la época de la destrucción del Templo, piensen en el juicio de divorcio más desagradable que puedan imaginar y aplíquenlo a una nación entera. Si la pareja que se separa nunca se hubiera conocido, habrían sido como extraños y probablemente indiferentes el uno hacia el otro. Pero después de conocerse, enamorarse y desenamorarse hasta llegar a la desconfianza y repugnancia mutuas, el rechazo que sienten por el otro es mucho más intenso de lo que unos extraños pueden sentir entre ellos.

Este odio intenso está en la base de la animadversión que sienten los israelíes por su propio país, y es la razón de que los judíos se asimilen masivamente por todo el mundo. De hecho, si no fuera por el antisemitismo, los judíos habrían desaparecido hace mucho tiempo. El odio de las naciones es lo único que mantiene unidos a los judíos.

 

Cualquier cosa menos judío

Si pudiéramos, elegiríamos no ser judíos. Cincuenta y ocho por ciento de los judíos se casan fuera de la fe, y entre los israelíes que viven en el extranjero el número de matrimonios mixtos es todavía mayor. Siempre que tenemos libertad para mezclarnos con la población local, lo hacemos. Y siempre que lo hacemos, sufrimos terriblemente. Los dos ejemplos más notables de esto son también los dos acontecimientos más traumáticos de nuestra historia tras la destrucción del Templo: la Inquisición y la expulsión final de España y el Holocausto.

Gracias a nuestra ancestral misión de llevar la luz de la unidad a las naciones, nunca se nos permite asimilarnos hasta llegar a desaparecer. En el último momento, siempre aparece un gran villano que nos castiga y nos obliga a unirnos de nuevo.

A veces, pero no siempre, nos damos cuenta de que el odio de las naciones está conectado con nuestro odio mutuo. Pero cuando lo hacemos, por lo general es en poca medida y demasiado tarde. En 1929, por ejemplo, el Dr. Kurt Fleischer, líder de los liberales en la asamblea de la comunidad judía de Berlín, afirmó que “el antisemitismo es el azote que Dios nos ha enviado para congregarnos y hacer que nos unamos”.

También hoy hay judíos que entienden la enorme importancia de la unidad judía para nuestra supervivencia. Isi Leibler, un veterano líder de la diáspora judía, escribió hace unas dos semanas en relación a la comunidad judía estadounidense: “Hoy por hoy, en lo que hemos de describir como una autodestrucción, un número considerable de líderes irresponsables de la comunidad judía más exitosa y poderosa en la diáspora parecen haberse vuelto locos y están alimentando el antisemitismo” precisamente porque son tan parciales.

Podemos atribuir la reciente ola de antisemitismo a muchas causas, pero la verdad es que tiene su origen en nuestra propia división. Estamos destinados a ser un faro de unidad para el mundo pero nos comportamos de manera contraria; y así es como se tratan las naciones entre ellas y, necesariamente, así es como nos tratan.

A muchos de nosotros nos gustaría ser cualquier cosa excepto judíos, y en lo que respecta a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, lo cierto es que no lo estamos haciendo. Ahora bien, nada nos librará de nuestro deber para con el mundo. Hoy en día, Estados Unidos se dirige hacia una relación con los judíos como la que Europa tuvo con ellos en el siglo pasado.

 

Pasar por encima del odio

A pesar de este sombrío vaticinio, hay muchas cosas que podemos hacer en la actualidad que no pudieron hacer entonces. Hoy somos conscientes de la vitalidad que infunde la unidad y que antes, como comunidad, no la teníamos. No debemos sentarnos y presenciar cómo todo se deteriora, y no debemos prestar oídos a las palabras de los líderes que están calmando a la gente a la vez que garantizan su propio futuro; así hicieron los líderes judíos antes del Holocausto. En vez de eso, podemos y debemos adoptar una actitud proactiva y aprovechar las oportunidades que tenemos para restablecer nuestra solidaridad.

 

En poco más de una semana, estaremos celebrando la Pascua, la fiesta de la libertad. Pero ¿cómo podemos hablar de libertad cuando somos esclavos de nuestro propio odio? El libro Likutey halajot (miscelánea de reglas) recoge: “La esencia de la vitalidad, la existencia y la corrección en la creación se consigue por medio de personas con diferentes opiniones mezclándose juntos en amor, paz y unidad”.

Nuestros sabios siempre han sabido que la unidad es la clave para que tengamos paz, libertad y felicidad. Incluso El libro del Zóhar hace hincapié en la importancia de superar el odio y unirse. En la parte Ajarey Mot, El Zóhar escribe: “He aquí, cuán bueno y agradable es que los hermanos se sienten juntos. Estos son los amigos, que se sientan juntos, y no están separados unos de otros. Al principio, parecen personas enfrentadas, deseando matarse entre ellos. Luego, vuelven a estar en amor fraternal. Desde ese momento, tampoco vosotros os separaréis (…) Y por vuestro mérito habrá paz en el mundo”.

Deberíamos saber que nuestra felicidad no depende de con quién nos casemos o de dónde vivamos. Depende solamente de cómo nos relacionamos con la gente de nuestra propia tribu: los judíos. La única libertad que necesitamos ahora es liberarnos de nuestro odio interno. Si lo logramos, recuperaremos nuestra posición como luz para las naciones y el mundo dejará de odiarse y de odiarnos.

En nuestra primera Pascua, en el desierto del Sinaí, nos unimos y nos convertimos en una nación. Ahora debemos volver a hacerlo y restablecer nuestro estatus de nación. El salto que debemos dar no es para atravesar un mar, sino para atravesar el océano de odio que sentimos por nuestros hermanos. Si esta próxima Pascua alcanzamos tan solo una fracción de esta noble aspiración, las oscuras nubes que están acumulándose alrededor de los judíos en el mundo entero podrían arrojar todavía nada más que agua. Pero los chubascos ya han comenzado y el tiempo se acaba. La tarea que tenemos por delante es muy clara: poner fin a nuestro partidismo, a nuestra aversión mutua y unirnos por encima de nuestros odios para que todo el mundo lo vea, lo crea y lo siga.

 

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