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El ego provoca todas las guerras, pero no es un enemigo. Si lo usamos bien y conectamos unos con otros por encima de nuestros egos, comprenderemos el funcionamiento de toda la naturaleza.

Hace unos días hemos conmemorado, como cada 20 de marzo desde 2013, el Día Internacional de la Felicidad.

La felicidad es un sentimiento complicado de describir. No obstante, para que podamos sentirnos contentos, deben darse ciertas condiciones: la paz, la estabilidad, tener cubiertas las necesidades básicas y poder desarrollar todo nuestro potencial. Lamentablemente, en nuestros días parece que hay de todo excepto paz y estabilidad. Oriente Próximo es un constante polvorín, pero ahora más que nunca debido a la participación de Rusia y EE.UU. en Siria. Al mismo tiempo, Europa se encuentra dividida entre la extrema izquierda y la extrema derecha, especialmente en lo que concierne al tema de la inmigración. Estados Unidos está sumido en disputas internas desde las últimas elecciones, y el antisemitismo y la violencia se han agravado. Rusia está al borde del colapso económico; África está sufriendo la peor hambruna desde la Segunda Guerra Mundial, y China y Japón empiezan a tener inestabilidad económica y ven con preocupación las amenazas nucleares de Corea del Norte.

En resumen, el mundo está al límite y la inestabilidad no es una fórmula para la felicidad.

Acerca de la envidia, la ambición y el honor

Hay algo que hace aún peor la situación: nuestro creciente egocentrismo. Cada vez somos más indiferentes a la gente que nos rodea y más hostiles hacia cualquier persona con una visión diferente a la nuestra. Muy a menudo, todo aquel o aquello que vaya en contra de nuestra visión de la realidad lo consideramos un enemigo; sentimos que la única opinión válida es la nuestra. Esto genera la creencia de que tenemos derecho a todo y esto, a su vez, deriva en intolerancia al negar todas las demás opiniones. Esto es una receta para la violencia incitada enteramente por el narcisismo, es decir, el egoísmo.

A lo largo de la historia, rara vez ha habido una razón para la guerra que no fuera el egoísmo. Disfrazado como búsqueda de honor, riquezas o poderío, el ego siempre ha sido la causa principal de las guerras.

El egoísmo es un rasgo específicamente humano. El resto de criaturas pelean por la supervivencia y la procreación, pero no entienden de estatus social o del deseo de dañar deliberadamente a otros. Conquistadores como Alejandro Magno o Napoleón no existen en el reino animal simplemente porque los animales no tienen ni sentido de la historia ni un orgullo que satisfacer, y por lo tanto no desean tomar más de lo que necesitan para sustentarse. Sus deseos se limitan a garantizar su existencia inmediata.

Los seres humanos son diferentes. La Mishná nos dice: “La envidia, la ambición y el honor alejan a uno del mundo” (Avot 4:21). La envidia es clave para entender por qué no somos felices. Nos lleva competir con los demás por el poder y el respeto, lo cual nos hace sentir continuamente insatisfechos. Por lo tanto, mientras seamos esclavos de nuestra envidia a los demás, estaremos condenados a vivir descontentos, a la frustración, a la competencia y, lo que es aún peor, al odio hacia los demás. En un estado así es imposible ser felices.

Sin embargo, el ego también nos impulsa al desarrollo. Gracias al ego vamos al supermercado para comprar lo que necesitamos, o mejor aún, lo compramos en línea sin tener que pisar el mundo exterior, como cuando teníamos que cazar mamuts. Asimismo, encendemos el aire acondicionado a la temperatura deseada en lugar de calentarnos con fuego en la caverna y cubrirnos con pieles de animales. El ego nos ha dado cosas grandiosas y, si avanzamos correctamente, podremos alcanzar todavía mucho más precisamente utilizando nuestros egos.

Montar el rompecabezas

La naturaleza limita los deseos de los animales. La interacción entre los intereses propios de las especies y las limitaciones que les impone el entorno producen un equilibrio que garantiza el progreso de todas las especies dentro del ecosistema.

Tal vez la mejor descripción que he oído hasta la fecha del mecanismo por el cual la naturaleza equilibra sus elementos proviene de la bióloga evolutiva Elisabet Sahtouris. En noviembre de 2005, fui invitado a participar en Tokio en una conferencia titulada “Creando una nueva civilización” y organizada por la Goi Peace Foundation. Entre los ponentes estaba la profesora Sahtouris, que ofreció una concisa descripción de las interacciones entre las fuerzas que hacen posible la vida. “En nuestro cuerpo”, dijo, “cada molécula, cada célula, cada órgano, el cuerpo entero, tiene un interés particular”. Sin embargo, “cuando cada nivel muestra su propio interés, obliga a que haya negociaciones entre niveles. Este es el secreto de la naturaleza. A cada momento, dentro de nuestro cuerpo, estas negociaciones llevan todo el sistema a la armonía”.

Pero lo que funciona con los cuerpos, no funciona con la psique humana. En nuestro interior, predomina el mal en forma de egoísmo, como nos dice la Torá: “La inclinación del corazón del hombre es malvada desde su juventud” (Gn 8:21).

Sin embargo, la falta de equilibrio entre el interés propio y el interés del entorno nos brinda la oportunidad de crear este equilibrio por nosotros mismos. Es como si la naturaleza nos hubiera dado un rompecabezas con las piezas separadas para que lo reconstruyamos. Y la naturaleza también nos está ayudando a conseguirlo ya que es la propia la imagen de la naturaleza lo que debemos reproducir cuando conectemos todas las piezas correctamente. La recompensa tras esa labor es que, al aprender cómo se conectan las piezas, a la vez aprendemos el funcionamiento de la naturaleza.

El ego no es un enemigo: es el componente que mantiene las piezas separadas hasta que las encajemos correctamente siguiendo el modelo que nos proporciona la naturaleza. Y que, de ese modo, podamos aprender cómo construye la naturaleza sus mecanismos y mantiene su equilibrio.

Como con cualquier rompecabezas, lo que en una parte sobresale encaja en la hendidura de otra. Es decir, en vez de utilizar nuestros aspectos favorables para tratar con arrogancia a los demás y sentirnos superiores a ellos, deberíamos usarlos para “llenar las hendiduras”, los aspectos desfavorables de otros. Y si los otros hacen lo mismo con nosotros, estaremos creando una imagen sólida y completa de la realidad.

A la gente le encanta montar rompecabezas y construir cosas a partir de kits, porque así es como nos enseña la naturaleza; simplemente estamos replicando la forma en que la naturaleza nos instruye para que descubramos sus secretos. Si pudiéramos captar esta idea y relacionarnos de ese modo con nuestros egos, no competiríamos unos con otros de la forma tan despiadada que lo hacemos hoy. En vez de ello, trataríamos de ir por encima de nuestros egos y conectar. Y en dicho proceso aprenderíamos cómo encaja todo en la naturaleza.

Hacer posible lo imposible

Hacemos esfuerzos por ser los amos de la naturaleza. Pero antes de dominar la naturaleza, deberíamos dominar nuestra propia naturaleza. Para ello, el primer paso es aprender cómo la naturaleza conjunta todo armoniosamente. Una vez que hayamos dominado el arte de la conexión por encima del ego, lograremos que nuestra especie se desarrolle prósperamente en el presente y en el futuro.

A lo largo de miles de años, los cabalistas y los sabios judíos han sido conocedores de los principios para alcanzar el equilibrio y la conexión. Los han estado enseñando a sus estudiantes de forma aislada. Sin embargo, el egoísmo salvaje de nuestros días dictamina que el mundo entero aprenda a equilibrar los indómitos egos. Por tal motivo, desde principios del siglo XX, estos lúcidos individuos han hecho todo lo posible para lograr que el mundo conozca la vital importancia de la conexión por encima del egoísmo.

En este sentido, el libro Likutey Etzot (Miscelánea de consejos) describe la dirección correcta para intentar conectar: “La esencia de la paz es conectar dos opuestos. Por lo tanto, no te alarmes si ves a una persona cuya opinión es completamente opuesta a la tuya y piensas que nunca podrás hacer la paz con ella. O cuando ves a dos personas que son completamente opuestas entre sí, no digas que es imposible hacer la paz entre ellos. Por el contrario, la esencia de la paz es tratar de sellar la paz entre dos contrarios”.

Al inicio de este artículo dije que la felicidad aparece cuando tenemos paz, estabilidad, las necesidades básicas garantizadas y podemos desarrollar todo nuestro potencial. Solamente si, como mencionaba la cita anterior, adoptamos una postura positiva y creativa hacia el ego, podremos establecer una sociedad que cumpla con estos criterios para la felicidad. Si queremos completar el rompecabezas debemos fijarnos en el modelo de la imagen completa de la naturaleza, en donde todas las partes se complementan. Debemos aprender a juntar las piezas de los rompecabezas del mismo modo que aprenden los niños. Y con ello, estaremos ensamblando los fragmentos de nuestras vidas y los fragmentos de la sociedad humana, garantizando nuestra felicidad presente y futura.

 

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