Uniting Europe

Hay buenas razones para que el Presidente Trump retirara a los Estados Unidos del Acuerdo Climático de París. El acuerdo obligaba a Estados Unidos a reducir sus emisiones de CO2 entre 26 % y 28 % para el año 2025. Además, el acuerdo establece la transferencia de tres mil millones de dólares por parte de EE.UU. al Fondo Verde para el Clima de las Naciones Unidas; mil millones de esta cantidad ya han sido transferidos.

Evidentemente, el calentamiento global es algo que está sucediendo y, sin duda, esto puede tener graves consecuencias para la humanidad. Ahora bien, ninguna prueba concluyente ha demostrado que el principal culpable sea el CO2. De vez en cuando, se declara un nuevo “agente dañino”, e ingentes cantidades de recursos se invierten para hacerlo desaparecer y luego descubrir, años más tarde, que el argumento científico sobre el que se apoyaba esta afirmación era defectuoso. Los únicos que se sienten mejor cuando se termina la campaña son los accionistas de las empresas que se lucraron peleando una guerra sin sentido.

Hasta hace unos años, por ejemplo, el cannabis se consideraba un grave peligro para la salud alegando que podía inducir al uso de drogas duras y que su utilización prolongada dañaba el cerebro. Pero en los últimos años la opinión sobre el cannabis ha dado un giro. Hoy en día, la Sociedad Americana del Cáncer y otras instituciones de renombre apoyan el cannabis no solo como analgésico, sino también como tratamiento para las náuseas, la inflamación, como antioxidante, e incluso como tratamiento para diversas formas de cáncer.

Lo más probable es que suceda lo mismo con la campaña contra las emisiones de CO2. El Acuerdo de París exige a Estados Unidos que desmantele millones de empleos y pague miles de millones de dólares. Alguien obviamente creará empleos en otros lugares para llenar ese vacío y se beneficiará de los fondos que Estados Unidos está transfiriendo.

Por si esto no fuera suficientemente negativo, la mejora que el acuerdo pretende alcanzar es minúscula: un enfriamiento de tan solo la quinta parte de un grado Celsius (0,36° F), todo ello suponiendo que todos los casi 200 países que firmaron el acuerdo lo cumplan, y suponiendo que los argumentos científicos que culpan al CO2 del calentamiento global estén en lo cierto. Cómo pudo firmar Obama este ridículo acuerdo es algo que no alcanzo a entender.

Para enfriar el planeta debemos calentar nuestras relaciones

En 1926, debido a la presión de los ganaderos, se mató a los últimos lobos que quedaban en el parque nacional de Yellowstone. En 1995, se volvió a introducir a los lobos en el parque y los resultados fueron asombrosos. Unos años después de que los lobos volvieran, las tierras baldías se habían convertido en praderas pues los ciervos se vieron obligados a alejarse de los lobos. Los árboles, que ahora podían crecer en paz, quintuplicaron su altura permitiendo así la proliferación de aves y su diversidad, y propiciando con ello un mayor número de mamíferos. A medida que el crecimiento de los árboles fortalecía el suelo aledaño de las riberas, se estrecharon sus canales y se formaron estanques donde los anfibios, que prácticamente se habían extinguido en Yellowstone, podían multiplicarse. El resultado fue que el regreso de los lobos a Yellowstone no solo benefició a la fauna y flora, sino que incluso cambió la orografía del parque. Hoy en día, la recuperación de Yellowstone es un notorio ejemplo de cómo el egoísmo humano hace que ignoremos la complejidad de la naturaleza y el hecho de que cada nivel en la naturaleza afecta a todos los demás de maneras que no concebimos.

La fijación con las emisiones de CO2 es una repetición de nuestros errores pasados. Estamos infringiendo daño a la naturaleza de muchas formas y centrarse en una sola causa solamente traerá más problemas en otros lugares. La única manera de salvar nuestro planeta es transformar nuestra naturaleza egoísta. Y para cambiar la naturaleza humana debemos empezar mirando no cómo tratamos nuestro planeta, sino cómo nos tratamos unos a otros.

Tal vez no nos damos cuenta de esto, pero toda la naturaleza está conectada. Nuestra negatividad se propaga a lo largo de la naturaleza incluso con una acción indirecta. Hace algunos años, el profesor Nicholas Christakis y el profesor James Fowler publicaron uno de los libros más influyentes de nuestro tiempo titulado Conectados: El sorprendente poder de las redes sociales y cómo afectan nuestras vidas – Cómo los amigos de los amigos de tus amigos influyen en todo lo que sentimos, pensamos y hacemos. Christakis y Fowler demostraron la influencia de unas personas sobre otras personas incluso cuando no se conocen entre sí: simplemente porque comparten amigos comunes. Teniendo en cuenta que no hay más de seis grados de separación entre cada uno de nosotros y cada una de las demás personas en el mundo, es evidente que todos nos influimos mutuamente.

En una famosa charla de TED titulada “La influencia oculta de las redes sociales”, Christakis sostiene que “los seres humanos se congregan y con ello forman una especie de superorganismo”. De hecho, no solo la humanidad es un superorganismo; también lo es todo nuestro ecosistema planetario. Cualquier cosa que hagamos, digamos o pensemos tiene repercusión en cada ápice de la realidad. Cuando nuestras acciones, palabras o pensamientos son negativos, difundimos esa negatividad por todas partes.

Solamente los seres humanos propagan negatividad y, por ende, somos responsables de todos los fenómenos negativos que aquejan a nuestro mundo. Si nos dedicamos a tildar de “enemigos públicos” a unos cuantos elementos específicos en vez de dedicarnos a cambiar nuestra naturaleza, caeremos en la equivocación de pensar que hemos mejorado las cosas demorando ese cambio necesario que debemos atravesar. Esto solo hará que los fenómenos negativos empeoren.

 

Industrias del corazón

En una entrevista en el programa Tucker Carlson Tonight, Thomas Friedman, columnista de The New York Times, predijo la aparición de “un nuevo conjunto de puestos de trabajo e industrias en torno al corazón, acerca de cómo conectar a las personas”. En mi columna del Jerusalem Post, “¿Se convertirá Estados Unidos en una nación de jóvenes ociosos?” planteé un programa que utiliza talleres especializados para ayudar a las personas a pasar de nuestra inherente actitud explotadora a otra de colaboración.

A medida que los robots se encarguen de más puestos de trabajo y la renta básica universal se convierta en una realidad, la gente contará con el tiempo necesario para participar en programas dirigidos a mejorar las relaciones. Los cursos de formación y talleres, cuya estructura esbocé en el libro Completando el círculo: Un método comprobado empíricamente para hallar paz y armonía en la vida, están diseñados para impulsar el cambio deseado en nuestra naturaleza. De este modo, al centrarnos en reparar la sociedad, mitigaremos también nuestro impacto negativo sobre la naturaleza.

En cuanto dejemos de propagar “vibraciones negativas” por todo el superorganismo que es nuestro planeta, permitiremos que la naturaleza prospere y entenderemos qué hay que cambiar en nuestro comportamiento y cómo comportarnos para salir beneficiados. Solo por medio de unas conexiones positivas entre nosotros podremos conectar con la naturaleza, entender su funcionamiento interno y saber cómo debemos relacionarnos con ella.

Las distintas crisis simultáneas desarrollándose en tantos frentes distintos indican que ahí no radica el problema, solo son el reflejo de uno más profundo: nuestro egoísmo. Si reparamos esto, habremos arreglado todo; desde las emisiones de CO2 hasta las relaciones internacionales, pasando por nuestras conexiones personales.

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