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Nuestra actual división hace que el mundo quiera estar de nuevo judenfrei (libre de judíos), como decían los nazis. Únicamente nosotros podemos cambiar esto, pero solo si nos elevamos por encima de nuestro odio mutuo.

El 14 de junio, el fuego engulló la Torre Grenfell en Londres a raíz del cortocircuito en un refrigerador que provocó un incendio en un apartamento del cuarto piso. Setenta y nueve personas murieron en ese incendio, provocando gran conmoción en el Reino Unido y especialmente en Londres.

Cinco días después, el 19 de junio, los manifestantes por el día de Jerusalén (Al-Quds) culparon del fuego de la Torre Grenfell a los judíos.

Al día siguiente, y durante al menos dos días seguidos, agitadores musulmanes irrumpieron en el barrio judío de Stamford Hill en Londres con palos, machetes y espadas incitando a un pogromo en el Londres de 2017. Esta vez, los judíos tuvieron suerte: solamente hubo lesiones leves. Según el informe, la policía dispersó a los alborotadores al cabo de un rato, pero a pesar de que fue una agresión flagrante, no se han reportado arrestos.

Siempre culpables

La historia de la persecución de los judíos es tan extensa como la historia del propio pueblo judío. Todos nuestros patriarcas fueron perseguidos por sus parientes más cercanos, así como por los gobernantes de sus lugares de origen.

Cuando los judíos fueron exiliados de la tierra de Israel y dispersados por todo el mundo, sufrieron persecuciones por todas partes. Siempre y dondequiera que hubiera una crisis, la gente la culpaba a los judíos. Un vistazo a la historia de la persecución de los judíos y la historia del antisemitismo nos muestra la incesante retahíla de tormentos del pueblo judío.

Incluso en la actualidad, en nuestro “lúcido” siglo XXI, el antisemitismo no solo se extiende por el mundo entero, sino que está alcanzando niveles peligrosos una vez más. A veces se disfraza como odio al Estado Judío, a veces se manifiesta como odio tanto a los judíos como al Estado Judío, ya veces se revela simplemente como odio a los judíos. Pero en todos los casos es antisemitismo. Y en todos los casos culpa a los judíos por las desgracias del mundo.

 

Una expectativa no expresada

Desde el principio, los fundadores de la nación judía aspiraron a unir al mundo entero para remediar los males de la humanidad. Maimónides, Midrash Rabá, Pirkey de Rabí Eliezer, y muchas otras fuentes recogen cómo Abraham fue expulsado de Babilonia, precisamente porque quería ayudar a los babilonios a unirse por encima de su creciente división y del odio a los demás. Abraham formuló una manera de unirse por encima del odio. Y quiso compartirlo con sus conciudadanos de Ur de los Caldeos en Babilonia, pero su propio padre propició que el rey tratara de matarlo y finalmente lo expulsara.

También Noé “fue creado para corregir el mundo en el estado en que estaba en aquel momento”, escribió el gran Ramjal en su libro Adir Bamarom (Parte 2, “Comentario sobre el sueño de Daniel”). En cuanto a Moisés, el Ramjal escribe que él también “deseaba completar la corrección del mundo en ese momento. Por eso tomó a la multitud mezclada, ya que pensaba que así lograría la corrección del mundo, sobre lo cual se decía: ‘Porque entonces me convertiré para las naciones en un lenguaje claro para invocar a todos en el nombre del Señor’. Sin embargo, no tuvo éxito debido a las corrupciones que se produjeron a lo largo del camino” (Comentario sobre la Torá, Bamidbar [Números]).

El “estreno” del pueblo de Israel como nación llegó a los pies del Monte Sinaí. El nombre Sinaí proviene de la palabra hebrea Sinaá (odio). El acontecimiento histórico a los pies del Monte Sinaí fue una prueba: aquellos que lograron escalar –alegóricamente– la montaña del odio y unirse “como un solo hombre con un solo corazón” se convirtieron en la nación de Israel. Aquellos que no lo consiguieron, permanecieron en un estado de odio mutuo. Esta es la razón por la que Midrash Rabá (Shemot [Éxodo], 2: 4), Kli Yakar, y muchas otras fuentes nos dicen “El Monte Sinaí, desde el cual el odio descendió a las naciones del mundo”.

Sin embargo, las naciones no están destinadas a permanecer siempre en su estado de odio. Ellas también querían disfrutar de los beneficios de la unidad, pero en aquel momento eran incapaces de superar sus egos. Por tal motivo, en cuanto el pueblo de Israel se unió y por ende se convirtió en nación, se les ordenó que fueran “una luz para las naciones”, es decir, que ayudaran al resto del mundo a lograr esa unidad especial.

El Rav Yehuda Ashlag, autor del comentario Sulam (escalera) sobre El libro del Zóhar, escribe en su ensayo “La garantía mutua”: “Le corresponde a la nación de Israel capacitarse a sí misma y al resto del mundo para avanzar y aceptar este sublime trabajo del amor al prójimo, que es la escalera hacia el propósito de la creación”. Ashlag describe la nación de Israel como “una especie de pasaje a través del cual las chispas de amor brillarán sobre toda la humanidad, por todo el mundo”.

Desde ese día en la montaña, cuando los judíos se convirtieron en una nación, el mundo ha esperado que cumplan con su obligación de ser una luz de unidad para las naciones. Y de cuando en cuando, la expectativa tácita de las naciones –y usualmente inconsciente– estalla a modo de frustración, desenfrenada y violenta, que los lleva a inventar cualquier excusa para descargar su ira contra los judíos.

Consideramos que el antisemitismo es una enfermedad de las naciones pero, en realidad, es su ira contra nosotros por no curarlos de su odio. No podemos responsabilizar a nadie por el antisemitismo. Su solución está en nuestras manos, y solo en nuestras manos, como recoge el libro Sefat Emet: “Los hijos de Israel se convirtió en garantes de la corrección del mundo entero (…) todo depende de los hijos de Israel”.

 

La (verdadera) solución final

“El ejemplo más evidente del fracaso de la reacción política judía al antisemitismo es su total incapacidad para superar la fragmentación judía”, escribió Jehuda Reinharz, ex presidente de la Universidad de Brandeis en Vivir con el antisemitismo: Respuestas judías actuales. Reinharz también vincula el odio al judíos en la Alemania nazi antes de la Segunda Guerra Mundial, a la existencia o ausencia de la unidad judía: “Resulta llamativo que, incluso en la década de 1930, cuando el antisemitismo crecía velozmente, la unidad judía seguía siendo un eslogan en boca de los políticos pero no una realidad en el día a día”.

A lo largo de la historia, nuestros más perversos detractores nos despreciaron por la división entre nosotros, por nuestro egoísmo. Adolf Hitler escribió en Mein Kampf: “El judío solamente está unido cuando un peligro común le obliga a ello o se siente atraído por un botín común; si falta alguna de estas dos motivaciones, salen a la luz las cualidades del egoísmo más grosero”. Con un poco menos de acritud, filósofo y antropólogo alemán Ludwig Feuerbach escribió en La esencia del cristianismo: “Los judíos han mantenido su peculiaridad hasta el presente. Su principio, su Dios, es el principio más práctico del mundo: el egoísmo”.

Algunos antisemitas y no judíos más moderados expresaron su deseo de ver un ejemplo de unidad en los judíos. Puesto que no encontraron ninguno en el presente, dirigieron la mirada a nuestro pasado. Henry Ford escribió en su infame publicación El judío internacional: el principal problema del mundo: “los reformadores modernos, aquellos que diseñan modelos de sistemas sociales, harían bien en observar el sistema social en virtud del cual se organizaron los primeros judíos”. Del mismo modo, el periodista e historiador británico Paul Johnson escribió en Una historia de los judíos: “En una etapa muy temprana de su existencia colectiva, creyeron haber identificado un esquema divino para la raza humana, y su propia sociedad debía ser un ensayo del mismo”.

A lo largo de los siglos nuestros sabios fueron conscientes de que cultivar la unidad y transmitirla al mundo era la clave para librarnos de la persecución y el odio. El Rav Kuk escribió en Orot Hakódesh 3: “La profundidad del odio es como la profundidad del amor. Si somos destruidos, y el mundo es destruido con nosotros, por el odio infundado, seremos reconstruidos, y el mundo será reconstruido con nosotros, con el amor infundado”.

Hace casi dos milenios, ya El libro del Zóhar escribió que solo si superamos nuestro odio y nos unimos, también el mundo hallará la paz. En la parte Ajarey Mot, El Zóhar escribe: “He aquí, cuán bueno y agradable es que los hermanos se sienten juntos. Estos son los amigos, que se sientan juntos, y no están separados unos de otros. Al principio, parecen personas enfrentadas, deseando matarse entre ellos. Luego, vuelven a estar en amor fraternal. Desde ese momento, tampoco vosotros os separaréis (…) Y por vuestro mérito habrá paz en el mundo”.

Nuestra actual desunión hace que el mundo quiera estar Judenfrei (libre de judíos), como dijeron los nazis. De hecho, el antisemitismo de hoy está tan extendido como lo estaba antes de la Segunda Guerra Mundial, o posiblemente más.

Pero la solución final al “problema judío” –como Ahad Ha’am y los nazis describían nuestra existencia– no es la eliminación del pueblo judío. La solución vendrá solamente cuando aceptemos llevar a cabo lo que las naciones del mundo esperan de nosotros conscientemente o no. Debemos elevarnos por encima de nuestro odio, unirnos como hicieron nuestros antepasados ​​hace milenios, y convertirnos en una verdadera “luz para las naciones”.

Puede que no sintamos que somos capaces de unirnos o que la unidad entre los judíos sea posible, pero las semillas de nuestra cohesión en el pasado permanecen latentes en nuestro interior, esperando que las invoquemos. Y en cuanto intentemos abrir nuestros corazones el uno al otro, se despertarán.

Sería un terrible error esperar una vez más y que las naciones nos obliguen a unirnos. La única manera de lograr una unión sostenible que sirva de modelo a seguir es si lo hacemos por nuestra propia voluntad. Si las naciones nos empujan a ello, será a raíz del odio, con todas las nefastas consecuencias que esto entraña. Pero si nos acercamos por voluntad propia, el mundo nos proporcionará toda la ayuda que necesitemos. Si ahora no vemos que el mundo puede hacer esto, es porque la humanidad está esperando que demos el primer paso: las naciones quieren que nazca de nosotros.

Solo cuando nos unamos para difundir la luz de la unidad al mundo entero morirá para siempre el odio ancestral que surgió con el nacimiento de nuestra nación. Si iniciamos esta reconciliación, no habrá necesidad de disturbios o pogromos contra los judíos. No habrá falsas acusaciones acerca de torres incendiadas ni libelos de sangre de ningún tipo. En vez de eso, por fin seremos lo que se nos pidió que fuéramos: “una luz para las naciones”.

 

 

 

 

 

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