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Normalmente pensamos en Tu B’Av (el 15 del mes hebreo de Av) como un día para el romanticismo y las peticiones de mano. Es básicamente la versión judía del día de San Valentín. Pero la triste –y a la vez feliz– historia que hay detrás de este día hace que sea aún más especial. Prepárense para una inesperada lección de amor.

El final del libro de los Jueces describe un drama muy especial. Un levita regresaba a casa con su concubina. Al caer la noche, no pudieron continuar su viaje y buscaron refugio en una ciudad que pertenecía a la tribu de Benjamín. Un anciano les ofreció alimento y refugio, pero durante la noche los malvados de la ciudad irrumpieron en la casa, tomaron a la concubina y abusaron de ella toda la noche. Al amanecer la dejaron ir. Regresó a la casa del anciano, pero no consiguió entrar. Se desvaneció en la puerta y murió.

El levita, que se había preocupado profundamente por su concubina, desmembró su cuerpo en doce partes y envió cada pieza a cada una de las tribus de Israel. El pueblo de Israel quedó conmocionado con el crimen perpetrado por la tribu de Benjamín, y declararon la guerra a toda la tribu.

En la cruenta guerra civil que estalló, la tribu de Benjamín fue derrotada y casi eliminada. No obstante, dado que “Si una tribu de Israel es eliminada, todo Israel es eliminado del mundo” (Maséjet Sotá), Israel tenía que encontrar una solución para mantener a la tribu. El 15 de Av se permitió a los hombres de la tribu de Benjamín que tomaran mujeres de la ciudad de Silo: “Id y poned emboscada en las viñas, y observad; y he aquí que cuando las hijas de Silo salgan a tomar parte en los bailes, a continuación, salid de las viñas y arrebatad cada uno a una mujer de las hijas de Silo, y volved a la tierra de Benjamín” (Jueces, 21: 20-21).

 

El 15 de Av: un símbolo del amor fraternal

La historia de la concubina del levita se convirtió en un símbolo de la reconciliación, la unidad y el amor en Israel. Así está escrito (Tiféret Shlomo), “Ningún día ha sido tan bueno para Israel como el 15 de Av, día en que se permitió a las tribus mezclarse y aportar al amigo todo lo bueno que hay en cada uno”.

Han pasado casi 3.000 años desde que tuvo lugar esta historia, y sin embargo, el pueblo de Israel aún sigue dividido. Estamos divididos por la cultura, la ideología y la etnicidad. Desde ese día la división ha ido a más y el odio entre nosotros se ha intensificado. ¿Realmente no hay nada que pueda unirnos o, al menos, conseguir que hagamos las paces entre nosotros?

 

Las dos fuerzas de la vida

La sabiduría de la Cabalá detalla dos fuerzas que operan en la naturaleza y también en los seres humanos: el amor y el odio. Nuestra innata naturaleza egoísta es la fuerza negativa, la predominante, en constante crecimiento. Nos hace ser desconsiderados, combativos y genera conflictos por doquier.

Es más, cuando sentimos que amamos a alguien es porque nos gusta cómo nos hace sentir esa persona. Y por ese motivo, dejamos de quererla cuando ya no recibimos alegría de esa relación. De modo que, en realidad, desde un primer momento nunca hubo amor.

Amar verdaderamente a alguien es desear que sea feliz, desear dar a esa persona. “Ama a tu prójimo como a ti mismo” es algo verdaderamente literal: debes amar a otro tanto como te amas a ti mismo. Es muy parecido a la madre que, instintivamente, se preocupa por su hijo y no toma en cuenta su propia felicidad, sino que desea la felicidad del hijo; pero sin la relación de parentesco. Entonces, ¿qué hacer cuando despierta el odio como en la historia de la levita y la concubina?

 

Una lección de amor

La sabiduría de la Cabalá no niega el odio. Más bien lo contrario: lo necesita. La Cabalá dice que el verdadero amor solamente puede construirse cuando el odio y el amor se complementan entre sí, como los polos positivo y negativo. Sin embargo, al final, debe predominar el amor, como está escrito: “El amor cubre todos los delitos” (Proverbios, 10:12).

En cada etapa de nuestra vida el ego muestra una nueva capa. Esto se expresa con sentimientos de aislamiento, rechazo, marginación y odio hacia los demás. No hay que difuminar el odio: es una parte orgánica de la creación. Nuestros sabios dijeron (Maséjet Kidushín): “He creado la inclinación al mal; He creado la Torá como especia”, es decir, la luz que cubre nuestro odio con amor. Lo único que tenemos que hacer es un esfuerzo por unirnos; con ello evocamos la Torá, la fuerza positiva que nos conecta con el amor. Una fuerza que neutraliza el odio y aporta equilibrio, paz y tranquilidad.

Cuanto más nos esforcemos por conectar los unos con los otros, más despertaremos la fuerza del amor que nos irá uniendo hasta llegar a ser “como un solo hombre con un solo corazón”. Por encima de nuestro delito de odio, confeccionamos un tejido de amor sólido y duradero. La meta final de nuestro desarrollo es llegar al estado de amor. No se trata un estado transitorio, sino de la ley natural que sustenta toda la realidad; y está a la espera de que toda la humanidad la adopte voluntariamente. Cuando esto suceda, toda la realidad quedará fusionada en un sistema único y completo.

Entre el amor y el odio –las dos fuerzas que están en la base de nuestras relaciones–descubriremos una dimensión más elevada de existencia, un mundo superior, por así decirlo, donde prevalezca el amor, la eternidad, la conexión. Entonces podremos sentir la realidad a través de los demás, nuestra percepción se expandirá y nuestra visión del mundo adquirirá profundidades infinitas.

 

De las cenizas de la destrucción a la celebración del amor

Tu B’Av (el 15 de Av) simboliza el amor fraternal que apareció entre las tribus de Israel en disputa. Llega tan solo una semana después del 9 de Av, que representa el odio sin fundamento, el causante de la destrucción del Templo. En cierto sentido, el 15 de Av es una mitigación del 9 de Av, y recalca que, cuando aparece el odio, es la oportunidad de añadir más amor y cubrirlo. “Ama a tu prójimo como a ti mismo” es la ley que incluye toda la Torá. En estos tiempos, cuando toda la humanidad sufre bajo los estragos del odio gratuito, cubrámonos con amor y descubramos esa existencia más elevada. Una existencia de amor, eternidad y conexión.

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