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Como era de esperar, la masacre de Las Vegas ha vuelto a encender el debate sobre el control de las armas en Norteamérica. Pero nadie parece ver la necesidad de un debate mucho más amplio: la actual proliferación de la violencia en Estados Unidos.

“Todavía no sabemos si hubo un motivo claro o algún desencadenante”, dijo una semana después de la masacre el subsecretario Kevin McMahill del Departamento de Policía Metropolitana de Las Vegas. Pero no son solo los investigadores de la policía quienes buscan respuestas denodadamente. Todos las buscamos.

La respuesta que primero viene a la mente es que Stephen Paddock -un hombre blanco de 64 años sin antecedentes penales- era una especie de psicópata. Un loco. Uno de esos individuos profundamente perturbados cuyas acciones sin sentido nunca podrán ser comprendidas.

Pero hay un problema en esa respuesta. Posiciona a Paddock, y a todo lo relacionado con él, como un algo ajeno: lo separa de nuestros valores sociales y rechaza cualquier asociación de su imagen con nuestra cultura. Y esto nos impide examinarnos correctamente el espejo como sociedad.

Paddock puede que haya sido un psicópata, algunos incluso sugieren que la delictiva herencia genética de su padre tuvo algo que ver. Pero Paddock ha sido también una réplica del terrible escenario que se repite en Estados Unidos una y otra vez. Ha conseguido dejar una dolorosa cicatriz en la memoria colectiva del país al convertirse el tirador masivo más mortífero de la historia de Estados Unidos. Pero ¿somos conscientes de que hubo otros seis tiroteos masivos en Estados Unidos la semana anterior?

UN DEBATE MÁS AMPLIO

Es espantoso descubrir que un tiroteo masivo, que recibe ese calificativo cuando al menos 4 personas son disparadas en un solo incidente, tiene lugar en Estados Unidos 9 de cada 10 días en promedio. Más de 30.000 personas mueren cada año por incidentes relacionados con armas de fuego en EE.UU., más que por VIH, malnutrición e incendios, entre otras causas. Ningún otro país del mundo desarrollado se acerca a esas cifras. Es más, sociólogos de la Universidad de Yale han demostrado que la violencia armada es una epidemia social que se va extendiendo con el tiempo.

Pero aún más revelador es el hecho de que las tasas de mortalidad por asalto, que incluyen pero no se limitan al uso de armas, ofrecen una imagen similar: desde la década de 1960 Estados Unidos es significativamente y consistentemente más violento que otros países de la OCDE. Teniendo esto en cuenta, lo que deberíamos debatir es la epidemia social de violencia, de la cual las armas son simplemente la expresión más ruidosa y perniciosa.

Por consiguiente, en lugar de limitar ese debate a cuáles fueron los motivos de Paddock y al tema de la regulación de armas, creo que los estadounidenses deberían extender el discurso público y formular una pregunta: ¿qué es lo que sigue propiciando esas tasas de violencia tan altas en Estados Unidos?

COMO EN UNA PELÍCULA

El oficial David Newton, del Departamento de Policía de Las Vegas, dijo al programa de la CBS ’60 Minutes que irrumpir en la habitación del hotel de Paddock y encontrar su cuerpo junto a aquel arsenal de armas era algo “como de película”. Newton, sin darse cuenta, indicó una de las principales variables que habitualmente quedan fuera de la ecuación que explica los niveles extremos de violencia en Estados Unidos: las innumerables visualizaciones de violencia del pueblo estadounidense.

Con programas en la televisión que muestran 812 actos violentos por hora, el estadounidense medio habrá contemplado 200.000 actos de violencia -incluidos 16.000 asesinatos- antes de los 18 años. Y eso solo en la televisión. Cuando uno se para a pensar el impacto que esto tiene en nuestro clima social, ¿debería sorprendernos que se estén produciendo escenas de violencia similares en la vida real?

Estamos atrapados en un círculo vicioso que hace que sea fácil pasar por alto sus consecuencias psicológicas: los creadores de contenidos están llevando las escenas violentas a mayores extremos, aumentando la dosis para de ese modo mantener a los espectadores. Al mismo tiempo, los espectadores se están volviendo cada vez más insensibles a lo que presencian. Y el resultado es una sociedad cuyas actitudes y normas respecto a la violencia están cayendo cada vez más.

Poco a poco nos vamos acostumbrando a la presencia continua de actos extremadamente violentos y se están convirtiendo en una parte “normal” de nuestra vida cotidiana.

Cada dos días el mismo número de personas que murieron en el tiroteo en Las Vegas son asesinadas intencionadamente con armas de fuego; pero estos asesinatos no son noticia. A diario, la violencia doméstica se cobra la vida de casi 3 mujeres, pero el público no llega a tener conocimiento de estas muertes. Hace falta que haya un tiroteo masivo de cientos de personas desde el piso 32 para conmocionar a toda la sociedad.

FOMENTAR SISTEMÁTICAMENTE LA HUMANIDAD COMPARTIDA

Por lo tanto, independientemente de tu opinión acerca del control de armas, si queremos ocuparnos de las tendencias violentas en Estados Unidos desde su raíz, tenemos que afrontar algo mucho más profundo: la cultura que los engendra.

El día siguiente del tiroteo en Las Vegas, el presidente Trump dijo: “Hacemos un llamamiento a los lazos de ciudadanía, los lazos de colectividad y al consuelo de nuestra humanidad compartida. El mal no puede destruir nuestra unidad. Nuestros lazos no pueden romperse con la violencia”.

Toda persona sensata estará de acuerdo con esta afirmación. Pero para que su efecto dure más de un día, tenemos que haber un trabajo consistente en esa unidad para que sea mayor que nuestro mal, es decir, el potencial estallido del ego humano. Y solamente cuando fortalezcamos con regularidad nuestros lazos y la humanidad que compartimos, difícilmente habrá lugar para la violencia entre nosotros.

Los científicos que estudian los fenómenos sociales han comprobado que todos somos altamente susceptibles a los ejemplos, normas y valores de nuestro entorno. Debemos abrir nuestros ojos en este sentido y promover un clima social que aliente día a día nuestra humanidad compartida. Si empezamos a hacerlo de manera sistemática, con toda seguridad veremos un país menos violento y habrá esperanza de impedir que otro Paddock pueda actuar de nuevo.

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