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La muerte del astrofísico de renombre mundial Stephen Hawking puede verse como otro clavo en el ataúd de la ciencia genuina.

La honesta aproximación a la ciencia de Hawking fue ejemplificado por su disposición para admitir sus errores. En los años 70, reconoció que una creencia que formuló al principio de su carrera científica era incorrecta. Sin embargo, esta forma de investigación científica, se ha vuelto una rareza en el mundo científico de hoy.

Desde aproximadamente los años 60, hemos sido testigos de la corrupción gradual y el declive de la ciencia. La aceptación generalizada de la ciencia se deterioró y fue reemplazada por los negocios, Hollywood y los deportes. Y lo que es más relevante, la ciencia misma se imbuyó de objetivos distintos al de la comprensión de la naturaleza de la realidad. Cada vez está más explotada como medio para agrandar la riqueza, el poder y el honor de las personas.

Junto con el declive de la aceptación de la ciencia auténtica, llegaron las necesidades de los científicos de servir a los intereses de sus patrocinadores. Ahora es habitual para los gobiernos utilizar científicos para avanzar en sus agendas políticas y para las corporaciones utilizar científicos con el objetivo de incrementar sus beneficios. Una de las consecuencias obvias es que “el progreso científico” y el “progreso tecnológico” se han acabado confundiendo como si fueran lo mismo desde que el I+D científico empezara a utilizarse tan extensamente en el desarrollo de las tecnologías actuales.

 

Las iniciativas con ánimo de lucro no son beneficiosas para la humanidad

Por lo tanto, se ha vuelto difícil ser un científico genuino, uno de los que aspiran a descubrir el orden subyacente en la naturaleza y es mucho más fácil ser un científico que colabora con una rentable empresa de alta tecnología. La ciencia de la “búsqueda de la verdad” está siendo eclipsada por la ciencia del desarrollo tecnológico y esta va ganando apoyos políticos ya que se ha convertido en creencia común que las nuevas tecnologías surgen para el beneficio de la humanidad.

Afirmaciones tales como “la energía renovable es mejor para el medio ambiente” y “las redes sociales conectan a la gente” se han convertido en axiomas de nuestros tiempos en los discursos públicos, creando la percepción de que cada nuevo dispositivo llega para resolver los problemas de la gente y hacer del mundo un lugar mejor.

Sin embargo, una mirada en profundidad a este fenómeno nos muestra lo contrario. Por ejemplo, los autos eléctricos como el de Tesla, popularmente etiquetado como “bueno para el medio ambiente” se ha descubierto que causa más polución que las emisiones de carbono de coches de 8 años; y los medios de comunicación, a pesar de conectar a la gente tecnológicamente, se ha visto que tienen peligrosos efectos sociológicos y psicológicamente negativos.

Por lo tanto, ocultos bajo la fachada de que la tecnología finalmente resolverá la mayoría de nuestros problemas y mejorará nuestras vidas, hay descubrimientos que demuestran cómo estas nuevas “soluciones” van realmente en detrimento de nuestro bienestar porque no solucionan nuestros problemas desde su raíz.

La razón para esto es simple: no podemos esperar soluciones reales y duraderas a nuestros problemas si las soluciones propuestas nacen de la motivación de obtener un beneficio egoísta. En otras palabras, todo lo que creamos proviene de un cálculo destructivo porque nuestros propios intereses nos parecen más importantes que el beneficio de todos. El propio Stephen Hawking una vez dio el ejemplo de cómo los virus informáticos reflejan la cualidad destructiva de la naturaleza humana, afirmando que “la única forma de vida que hemos creado hasta ahora es puramente destructiva”.

 

El conocimiento que la ciencia aún tiene que extraer de la naturaleza

Con una ciencia y una tecnología que son consecuencia de nuestra percepción egocéntrica de la realidad, nuestra capacidad de hacer el bien a la humanidad está destinada a llegar a un callejón sin salida. Sin embargo, si cambiamos nuestra percepción de la realidad a otra en la que deseemos el beneficio de todos sobre el interés egoísta, veremos increíbles avances en la ciencia y en la tecnología: funcionarán para solucionar verdaderamente nuestros problemas y sin duda harán del mundo un lugar mejor, ya que la percepción que los impulse estará libre de explotación, manipulación y especulación.

Curiosamente, solo en el siglo XX, la propia ciencia dio un giro de 180 grados sobre la idea de que la propia ciencia es el resultado de la percepción humana. Empezó con la visión newtoniana de que la realidad existe independientemente de nuestra percepción, dio el salto gracias a Einstein demostrando que la realidad es relativa a nuestra percepción y finalizó con la mecánica cuántica afirmando que la realidad puede ser creada por nuestra percepción.

Por lo tanto, la propia ciencia ha llegado a un momento crucial en la comprensión humana: si queremos llegar más lejos en el descubrimiento de las leyes de la naturaleza y usarlas en beneficio de todos, tenemos que cambiar la manera en la que percibimos y nos relacionamos con la realidad. Los subyacentes motivos de poder y beneficios egoístas en este sector deben sustituirse con motivos altruistas que realmente busquen el beneficio de la sociedad.

Llegando al reinicio de la humanidad

Para llegar a un cambio tan fundamental en la percepción humana, tenemos que colocarnos dentro de un laboratorio como el objeto a investigar. Es decir, que tenemos que experimentar activamente y descubrir cómo mejorar nuestras relaciones con los demás a través de actividades educativas y sociales en grupos. El objetivo de tales de actividades y experimentos sería desarrollar una lente altruista a través de la cual podamos ver la imagen completa de la realidad.

A mi juicio, en el futuro, estudiar la estructura y el comportamiento del mundo a través una reforzada conexión humana, nos proporcionará el principal cambio que nuestra ciencia necesita para ser un auténtico beneficio para la humanidad. En definitiva, abriría nuestros ojos a un nuevo tipo de ciencia más cercana al equilibrio inherente y la armonía que existe en la naturaleza.

 

 

Imagen: Doug Wheller

 

 

 

 

 

 

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