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La Pascua judía es una oportunidad para pasar del estado de división, indiferencia y frialdad en nuestra sociedad a otro de unidad, preocupación y afabilidad.

Aunque el año judío comienza oficialmente en Rosh Hashaná, hay un enfoque más amplio en las fiestas judías que nos muestra la Pascua como el inicio del año judío. Para verlo desde esta perspectiva, debemos analizar el significado de la Pascua a un nivel más profundo.

La Pascua describe un proceso interno en el que, tras un periodo de intensa división, llegamos a la decisión de unirnos y con ello revelamos un estado más unificado. Asimismo, la Pascua resalta aquello que convierte al pueblo judío en un pueblo único.

 

¿Qué hace que el pueblo judío sea único?

A diferencia de otras naciones o razas, el pueblo judío no se formó orgánicamente a partir de un linaje familiar o por una proximidad territorial. Los judíos fueron originalmente una congregación de personas que dieron a conocer como “judíos” cuando estipularon unirse “como un solo hombre con un corazón” y aceptaron la responsabilidad de ser “una luz para las naciones” (la palabra hebrea para “judío” [Yehudí] proviene de la palabra “unido” [Yihudí] [Yaarot Devash, Parte 2, Drush 2]).

La festividad de la Pascua explica esta transición.

Todo comienza en un momento en que el pueblo de Israel vivía excepcionalmente bien en Egipto. En lo que a valores sociales respecta, los tenían todos: confort, riqueza y éxito, como está escrito en la Torá, “en Egipto (…) nos sentamos en torno a las ollas de carne y comíamos todo lo que queríamos” (Éxodo, 16: 3). No obstante, aun con toda esa abundancia material, sentían que les faltaba algo.

En este punto, debemos tomar perspectiva para ver este proceso que se describe: la naturaleza humana, que es un deseo de recibir placer, constantemente nos presiona para satisfacernos a nosotros mismos. Cuanto más tratamos de satisfacernos, más vacíos nos sentimos y más necesidad tenemos de un llenado mayor. Así, nuestro deseo de disfrutar crece y vamos evolucionando a través de las distintas fases de crecimiento del deseo. Después de satisfacer nuestras necesidades básicas –comida, sexo, vivienda y familia– nuestro deseo aumenta y desarrollamos los deseos sociales –dinero, respeto, control y conocimiento– que continuamente tratamos de satisfacer.

Pero aquí nos encontramos con un problema.

Como un perro que persigue su propia cola, vamos detrás de todos esos placeres pero seguimos sintiendo que deseamos algo más, algo diferente, sin saber precisar lo que realmente queremos. La historia de la Pascua explica este nuevo deseo: cuando nuestros deseos materiales se sacian, emerge un nuevo deseo de conexiones sociales positivas. Ese deseo se llama “Moisés”.

Moisés estuvo presente durante todo el periodo en que el pueblo de Israel prosperaba en Egipto. Creció en la casa del faraón hasta que concluyó su propia búsqueda de la felicidad en lo material. Fue entonces cuando comenzó el exilio en Egipto. El faraón, es decir, nuestro ego, no quiere aceptar la unidad. No hay peor idea para él que vivir la vida con la aspiración de “amar al prójimo como a ti mismo”.

Por eso, a medida que el pueblo de Israel prosperaba en Egipto, naturalmente comenzaron a desear más de lo que tenían, y la idea de la unificación social –Moisés– comenzó a tomar forma entre ellos. Luego comenzaría la lucha entre Moisés y el faraón. Por un lado, Moisés señalaba el camino hacia la unidad y el amor mutuo, mientras que el faraón insistía en que él gobernaría, es decir, que seguirían viviendo y trabajando solo para satisfacerse de forma egoísta y material. Cuando el faraón vio que pueblo de Israel aceptaba a Moisés, se convirtió en ese rey cruel que describe la historia de Pascua.

Tras un largo proceso, el pueblo de Israel finalmente apoyó a Moisés, clamaron unidad y triunfaron. Se unieron al pie del Monte Sinaí aceptando la ley de “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Luego procedieron a purificarse del Hametz [levadura], es decir, su ego, e hicieron la transición (la Pascua) del egocentrismo a la unidad, siguiendo a Moisés y poniendo en práctica su idea.

 

La Pascua hoy

La Pascua judía describe un proceso para vencer al egoísmo por medio de la unidad y, por lo tanto, hoy en día ese proceso sigue teniendo tanta relevancia como en el pasado. Nuestra actual cultura materialista se parece cada vez más al Egipto que la historia de Pascua describe: hemos disfrutado de las bonanzas del materialismo por un tiempo, y ahora cada vez más gente siente que a sus vidas les falta algo.

En las personas, esto se expresa con un aumento de la depresión, el estrés y la soledad, y en la sociedad se traduce en una mayor fractura social impulsada por la política, la xenofobia y el antisemitismo. Todos estos fenómenos nos muestran que podemos tener toda la abundancia material que deseemos, pero aun así no hallaremos satisfacción; lo que realmente necesitamos para llenar ese nuevo deseo amplificado es la unidad, unas conexiones sociales positivas.

A diferencia de lo que ocurre con nuestras satisfacciones materiales, no somos capaces de imaginar cómo sería una unión por encima de nuestras divisiones. No vemos ningún ejemplo de unidad que podamos implantar nuestros sistemas educativos y medios de comunicación. Y por ende, seguimos regurgitando y reinventando ideas, historias y productos materialistas ya que no vemos ni conocemos otra cosa.

A medida que la sociedad se mete más en este círculo vicioso de búsqueda de placer materialista sin ningún otro objetivo a la vista y a medida que surgen más problemas dada esta situación, mayor es la fijación de la sociedad con los judíos y más los culpan. El antisemitismo aumenta porque el pueblo judío, en sus raíces, posee un patrón para llevar a la práctica ese nuevo deseo por la conexión. Cuando el pueblo judío fracasa en su misión de unirse, precisamente ahora que no solo los judíos lo necesitan sino toda la humanidad, entonces, subconscientemente, el mundo comienza a sentir que los judíos son la causa de todos sus problemas.

Nuestros antepasados pasaron por el proceso de unidad y con ello se salvaron del desastre. Hoy, cuando nos señalan culpándonos con todo tipo de razones, depende de nosotros el identificar la causa de todos esos reproches: nosotros, entre todos los pueblos, hemos sido agraciados con la posibilidad de unirnos por encima de todo lo que nos separa, y eso es lo que el mundo necesita de nosotros. Es como si el mundo no prestara atención a todos los avances tecnológicos, médicos y culturales que hemos aportado a la humanidad. No obstante, si nos comportamos tal como hicieron nuestros ancestros, entenderemos para qué nos pusieron aquí y podremos ver cómo la actitud del mundo hacia los judíos se transforma en respeto y aprecio.

Espero que empecemos a tener en cuenta la raíz y la directriz que hay detrás de todos los problemas del mundo y que, en esta Pascua, podamos avanzar hacia la verdadera solución: la unidad.

¡Les deseo una feliz Pascua!

 

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