Uniting Europe

Israel no está perdiendo a los más brillantes por unos mejores niveles de vida o unas mejores perspectivas en el extranjero. Está perdiéndolos porque está dando la espalda a su verdadera identidad. Para remediar esta fuga de cerebros debemos reforzar el corazón israelí primero.

 

Entiendo perfectamente lo que sienten los científicos, académicos y otros grandes pensadores que están tomando la decisión de abandonar Israel.

 

En 1974 emigré desde Lituania a Israel haciendo una transitoria parada temporal en Viena. Todos los autos estaban llenos de judíos que optaban por emigrar a los Estados Unidos, Canadá o países de Europa occidental. Mi familia y otra familia georgiana eran las únicas “lo suficientemente locas” como para emigrar a Israel. El joven científico con ambiciones que yo era en aquel entonces no podía imaginar que, cuarenta y cuatro años después, en 2018, presenciaría un Israel muy diferente.

 

En el Israel de hoy, las mentes brillantes –pero también las más corrientes– pueden ser fácilmente tentadas por cuestionables organizaciones para que abandonen su patria. La razón es simple: un afán lucrativo. Muchas veces estas ofertas provienen de fuentes interesadas en debilitar a Israel y, por desgracia, los líderes de Israel están ocupados acaparando y repartiéndose lo que queda de pastel en lugar de aunar fuerzas para agrandar el pastel.

 

Y lo que es peor, se ha creado un terreno fértil para que aquellos en posiciones de poder aúnen sus esfuerzos en ciertas direcciones. No hay una forma real de comprobar los distintos vínculos que se están forjando entre gobierno, ejército, policía, poder judicial y medios de comunicación. El equilibrio y las formas de control se están erosionando, y la separación de poderes no siempre es evidente. Los jugadores de éxito y las mentes brillantes que se quedan aquí son los que obtienen los mayores beneficios.

 

Nuestro potencial espiritual es nuestro activo más valioso

 

Si me hubieran advertido de esta situación hace cuarenta y cuatro años, habría llevado a mi familia a la tierra de las infinitas posibilidades y habría recomendado a la familia georgiana que me acompañara o, en última instancia, que dieran media vuelta.

 

¿Qué me mantiene aquí en Israel? Únicamente el potencial espiritual dentro de nuestro pueblo. Portamos una chispa de unidad que proviene de nuestra fundación como pueblo judío, y si la reavivamos aquí en la tierra de Israel, redescubriremos nuestra misión espiritual: ser “una luz para las naciones”.

 

Ser un claro ejemplo de unidad es nuestra vocación como pueblo y esa es la razón por la que, en el fondo, todas las naciones esperan algo de nosotros. Cuando fracasamos dando ese ejemplo, las naciones se ven obligadas a presionarnos de diversas maneras, instándonos así a unirnos. Pero si cumplimos con ello, podremos inspirar a toda la humanidad hacia la unidad.

 

Israel debe reconocer que la “fuga de corazones” es lo que está causando la “fuga de cerebros”. En otras palabras, los israelíes han perdido el contacto con esa chispa de unidad que los une y no tienen ningún deseo de servir al mundo siendo un faro de unidad. Solo están motivados para mantenerse unidos cuando es a punta de pistola; en consecuencia, el beneficio material es el único cálculo que hacen.

 

Abraham plantó la semilla del amor para todo el pueblo

 

Lo primero que debe hacer Israel es una campaña masiva que reviva la poco conocida historia del nacimiento del pueblo judío hace 3.800 años en Babilonia. Seguramente, todos reconocen a Abraham el patriarca como el padre de Israel, pero muy pocos pueden contar cómo Abraham nos unió y por qué.

 

El libro de Noam Elimélej relata que “Abraham plantó la semilla del amor para todo el pueblo”, y Maimónides explica que “fue de ciudad en ciudad, de reino en reino, hasta que miles y decenas de miles se unieron a él, y ellos son el pueblo de la casa de Abraham (…) y se convirtieron en una nación” (Yad HaJazakah).

 

Así que Abraham recorrió toda Babilonia, y los representantes de todas las naciones que lo siguieron y practicaron el principio de “ama a tu prójimo como a ti mismo” por encima de todas las diferencias más adelante se convertirían en el pueblo de Israel.

 

Por lo tanto, la unidad global es la base de nuestro sentimiento como nación. En otras palabras, el pueblo de Israel era el mini-modelo de humanidad unida. Y por eso, si no mantenemos nuestro vínculo de unidad por encima de todas las diferencias, no hay una razón real para que permanezcamos juntos en la misma tierra.

 

Redescubrir este vínculo común es la única forma en la que Israel puede crear un renovado sentimiento de patriotismo y reavivar la pasión de retribuir a nuestra patria, hasta el punto de que sea para nosotros más importante que las posibles ganancias materiales en el extranjero.

 

Desde esta perspectiva, Israel debería honrar y valorar a los investigadores de éxito y otras mentes brillantes que deciden permanecer en el país y fortalecer así el espíritu de unidad. Esto podría hacerse con regularidad a través de un reconocimiento presidencial y una amplia cobertura mediática sobre sus excepcionales aportaciones.

 

Solo cuando recuperemos el corazón de Israel, el cerebro israelí podrá funcionar todavía mejor.

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