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Ser feliz se ha convertido en un algoritmo difícil de descifrar. ¿Es porque estamos usando la fórmula incorrecta? La satisfacción no depende de dinero ni de poder ni de suerte, sino de las relaciones humanas positivas. Este es el principio fundamental del curso de felicidad en Yale y Stanford, que es ya el más popular en la historia de ambas universidades.

El curso se basa en la psicología positiva. Establece que nuestro nivel de alegría en la vida está determinado por la calidad de nuestra interacción con los demás. De hecho, la gente está más satisfecha en un entorno donde prevalece la solidaridad, el apoyo y el sentido de pertenencia. Por el contrario, la competencia por dominar y estar por encima de los demás somete a la persona a estrés, presión y aislamiento constantes.

El curso explica por qué la gente que parece tenerlo todo puede sufrir depresión severa, hasta el punto que algunos se quitan la vida. Los recientes suicidios de la diseñadora estadounidense Kate Spade y la personalidad de la televisión Anthony Bourdain ejemplifican esta situación. Como efecto contagioso, días después de su muerte, el número de llamadas a las líneas directas de crisis en EUA, aumentaron en un 65% y el volumen de líneas de texto de emergencia se disparó al 116%.

A nivel mundial, unas 800 mil personas mueren por suicidio cada año, alrededor de una persona cada 40 segundos, según la Organización Mundial de la Salud. Las estadísticas muestran que la falta de satisfacción está alcanzando proporciones epidémicas. Atribuirlo a las condiciones externas sería una explicación simplista. El hombre puede vivir en medio de un bosque en una cabaña y sentirse feliz o tener un apartamento de lujo en un rascacielos y sentirse triste y solo. ¿Cuál es el factor clave que hace la diferencia entre esos estados? Es la influencia del medio ambiente.

Lo que nos distingue de otras especies es el aspecto social. Somos formados y recibimos influencia del entorno en cada momento de nuestra vida, a través de la familia, del trabajo y de los medios. Uno puede ser oprimido o elevado por el ambiente, dependiendo de cómo cada uno absorbe esa influencia.

Una sociedad igualitaria donde hay solidaridad y unos se preocupan por otros, obtiene todo lo necesario, trabaja en bien de todos, es el marco ideal para una existencia feliz y un terreno sólido para un futuro próspero de nuestros hijos.

Por el contrario, nuestra búsqueda egoísta y agresiva de riqueza, honor, conocimiento y poder, no puede ser fuente de felicidad. Es así porque en el momento en que satisfacemos esos deseos, aparece un nuevo vacío que nos deja insatisfechos de nuevo. Por lo tanto, la dicha máxima sólo puede estar en un nivel superior a la búsqueda individual de la felicidad, al construir todos un tejido social cohesivo que influya positivamente en cada miembro de la sociedad.

Como escribió el cabalista Rav Yehuda Ashlag en el periódico La Nación:

“Es condición obligatoria para cada nación estar fuertemente unida y que todos los individuos que la componen sientan el vínculo del amor instintivo entre ellos. Es más, cada individuo debería sentir su felicidad personal en la felicidad de la nación y su decadencia en la decadencia de la nación…. Es decir que la gente de esa nación, que siente esa armonía, es la que conforma la nación; y tanto la cantidad de felicidad de la nación como su derecho a existir se miden por esa cualidad”.

Sin embargo, nuestro sistema educativo actual y nuestro entorno veneran la competencia y los logros para beneficio personal, incluso a expensas de otros. El descubrimiento más importante para los estudiantes de Yale y Stanford podría ser que es ingenuo pensar que algo cambiará si continuamos siendo controlados por nuestra naturaleza egoísta.

Por lo tanto, ni siquiera la institución de más prestigio puede enseñarnos a ser felices. La solución sería inscribir a toda la sociedad en estudios de felicidad, aunque ésta de alguna manera se siente cómoda con el status quo, y este es el mensaje central al que la persona, que es producto del medio ambiente, está expuesta.

Sin embargo, de una angustia a otra, de crisis a crisis, de la desesperación al dolor, gradualmente la sociedad será consciente de su mal estado actual. Y descubrirá el camino de la Cabalá, que es elegido por individuos únicos “desconectados” de los tortuosos valores sociales, estos individuos tratan de implementar un proceso de transformación que busque crear lazos cercanos de unidad y amor, donde, como se mencionó antes, se encuentra la felicidad.

La Cabalá es el método para construir una sociedad humana unida y feliz. Es el método que enseña los valores necesarios para la existencia en un marco social saludable y para relacionarnos con los demás de manera equilibrada. Además, paso a paso, enseña el proceso de conexión positiva para atraer la fuerza que mora en la naturaleza y que puede cambiar la naturaleza humana. Por lo tanto, se aprenderá a no buscar sólo la felicidad propia, sino también la de los demás. Así se construirá una sociedad humana armónica que asegurará la felicidad de todos.

En una sociedad así, la forma de medir la felicidad del individuo será simple: una persona feliz y satisfecha es alguien cuya felicidad y emociones positivas se muestran todo el tiempo -del individuo a los demás y de los demás al individuo. Así, todos nos graduaremos con honores de la universidad de la vida.

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