Uniting Europe

A medida que nos acercamos al 2019, el mundo se encuentra como en un columpio. Pero no es experiencia relajante con delicados pájaros a nuestro alrededor mientras disfrutamos de un balanceo agradable y equilibrado de lado a lado. Por el contrario, somos más bien como un niño en un columpio que ha perdido el equilibrio y no sabemos cómo bajar de él, tanto social como económicamente.

Francia ha sido testigo de los peores y más violentos disturbios en 50 años, y han comenzado a extenderse a otros países, lo que demuestra el potencial de una “primavera europea”. Un alarmante 80% de los trabajadores de Estados Unidos. asegura vivir con lo justo mientras su administración acaba de cerrar por un período de tiempo indeterminado. Los mercados financieros del mundo entero han vivido el peor diciembre en décadas, y el Fondo Monetario Internacional ha hecho un sombrío pronóstico de desaceleración mundial.

Para que ese columpio sea una experiencia placentera, dos fuerzas contrarias deben balancearnos por igual en ambas direcciones. Entonces ¿qué es lo que está desequilibrando nuestro columpio?

Hasta principios de la década de 1990, el mundo se balanceaba entre dos fuerzas opuestas. Rusia quería demostrar al mundo su poderío y su éxito con el régimen comunista, que actuaba como un contrapeso hacia Estados Unidos y Europa. Había un incentivo subyacente para que los regímenes capitalistas tuvieran el mayor éxito posible, lo que también significaba que tenían que trabajar mejor en pro de todos.

De hecho, hace 30 o 40 años, poseer una casa y un automóvil era más factible para los trabajadores de Estados Unidos que hoy en día. Paradójicamente, los salarios mínimos en Estados Unidos se han estancado durante las últimas décadas mientras que la productividad de los trabajadores no ha dejado de aumentar. ¿Adónde han ido todas las ganancias? Los ricos se han hecho exponencialmente más ricos.

Cuando la Rusia soviética se derrumbó junto con todas sus esperanzas comunistas, la fuerza que equilibraba las ambiciones del capitalismo dejó de existir. Paralelamente y por naturaleza, el egoísmo humano continuó aumentando y evolucionando a un nivel superior. El resultado es que el capitalismo de hoy es radicalmente diferente al de hace 30 años, y la desigualdad económica ha alcanzado proporciones épicas.

En medio de este extremo llegó Donald Trump, que se dio cuenta de esta tendencia y fue capaz de sintonizar con millones de estadounidenses que se sentían desanimados y desposeídos con lo poco que tenían. Trump ganó la presidencia con el objetivo manifiesto de “drenar la ciénaga” y luchar contra los banqueros y la gente de Wall Street que se enriquece con dinero mientras la mayoría del pueblo trata de sobrevivir.

Es más, Trump está esforzándose en minimizar la exposición de Estados Unidos a las fluctuaciones globales al limitar las conexiones con otros países, ya sea a través de la guerra comercial con China, del aumento de aranceles o dejando de cooperar con la UE y el foro del G20. También con su último movimiento para retirarse de Siria.

Sin embargo, hay otra fuerza que se perfila como el contrapeso definitivo en las circunstancias actuales: la ineludible realidad de la interdependencia global. Si en Europa, por ejemplo, prosigue la escalada hacia una crisis económica, el mundo también se sumirá en una crisis. Además, la mayoría de las industrias actuales se encuentran muy afectadas por las fronteras, apoyándose en la libre circulación de capital, materias primas, conocimiento y mano de obra. Hoy, prácticamente todos los países están vinculados a través de la importación y exportación.

En otras palabras, el mundo se ha convertido en una economía globalmente interdependiente y, por extensión, en una sociedad global. Esta interdependencia es una fuerza de la naturaleza que cada vez se hace más fuerte y más estrecha sin que nos demos cuenta. Si esta fuerza nos golpea de frente, experimentaremos una crisis económica global que nos hará salir despedidos del columpio.

No obstante, mientras permanezcamos en el columpio tenemos la oportunidad de equilibrarlo por nuestra propia cuenta. Para conseguirlo, no podemos detener el crecimiento del ego humano, ni tampoco podemos detener nuestra creciente interdependencia. Más bien necesitamos una educación acerca de este mundo conectado y cambiar en consecuencia nuestros valores. Esto significa que todas las personas, desde los magnates hasta los manifestantes, tienen que pasar por un cambio de conciencia y reconocer que nuestros futuros están inevitablemente conectados.

Cuando mejoremos nuestro nivel de conexión humana, veremos cómo podemos cambiar el paradigma socioeconómico también. Para mantener el equilibrio debe haber dos fuerzas opuestas. Por lo tanto, mi esperanza para el 2019 es que comencemos un programa educativo global a nivel masivo para poder contrarrestar el creciente ego con una conexión humana positiva. Y entonces podremos aspirar a un agradable balanceo en el columpio.

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